@charles-spurgeon
Contra la murmuración
«Aconteció que el pueblo se quejó a oídos de Jehová; y lo oyó Jehová, y ardió su ira, y se
encendid en ellos fuego de Jehová, y consumió uno de los extremos del campamento»
(Núm. 11:1).
Observad cómo el mal empezó en las afueras del campamento entre la multitud entremezclada, y
cómo el fuego del Señor ardió en las partes más extremas del campamento. El gran peligro para
la iglesia reside en los meros seguidores del campamento, que se adhieren a las iglesias e
infectan al verdadero Israel de Dios.
I. UN ESPÍRITU INSATISFECHO DESAGRADA AL SEÑOR.
1. Esto podemos inferir de nuestros propios sentimientos; cuando nuestros empleados,
nuestros hijos o receptores de nuestras limosnas están quejándose, nos cansamos de ellos
y nos enfadamos.
2. En el caso de los hombres respecto a Dios es mucho peor el murmurar, ya que no
merecemos nada de su mano, sino todo lo contrario. «¿Por qué murmura el hombre
viviente, el hombre en su pecado?» (Lam. 3:39; Sal. 103: 10).
II. UN ESPÍRITU INSATISFECHO SE IMAGINA QUE ENCONTRARÍA PLACER EN
AQUELLAS COSAS QUE LE SON NEGADAS.
Israel tenía maná, pero deseaba carne, legumbres, melones y cebollas, etc.
1. Es perjudicial a nosotros mismos, pues nos impide gozar de lo que ya tenemos. Lleva a
los hombres a quejarse de la comida de ángeles llamándolo ceste pan tan liviano»,
Condujo a Amán a arriesgar su prosperidad y su vida a causa de una sola persona que
rehusó hacerle reverencia (Ester 5:13).
2. Es calumnioso e ingrato acerca de Dios.
3. Conduce a la rebelión, la falsedad, la envidia y a toda suerte de pecados.
III. UN CORAZON INSATISFECHO MUESTRA QUE LA MENTE NECESITA SER
REGULADA.
La gracia pondrá todos los deseos en orden, y guardará nuestros pensamientos y afectos en su
propio lugar, del modo siguiente:
1. Contentamiento con las cosas que uno tiene (Heb. 13:5).
2. Moderados deseos en cuanto a otras cosas. «No me des pobreza ni riqueza» (Prov. 30:8).
3. Plena resignación respecto a las cosas terrenas que nos faltan. «No según m¡ voluntad,
sino la tuy» (Mat. 26:39).
4. Primero, y ante todo, deseos de Dios. «Mi alma tiene sed de Dios», etc. (Sal. 42:2).
5. En segundo lugar, desea ardientemente los mejores dones (1ª Cor. 12:31).
6. Sigue siempre el amor, que es el camino más excelente (1ª Cor 12:32).
Leí acerca de César que, habiendo preparado una gran fiesta para sus nobles y amigos, sucedió
que el día señalado fue tan tempestuoso que no pudo realizarse ninguno de los actos al aire libre
que estaban preparados en honor del soberano. Este se enojó de tal manera que mandó a sus
soldados que arrojaran sus saetas contra Júpiter porque les había dado aquel mal tiempo; los
soldados lo hicieron, pero ocurrió que, como las saetas no podían llegar al cielo, cayeron sobre
las cabezas de los que estaban reunidos, hiriendo a muchos de ellos.
Asi nuestras quejas y murmuraciones son como saetas que arrojamos contra Dios pero
vuelven contra nosotros mismos e hieren corazones. No le alcanzan a El, pero nos dañan
a nosotros mismos; por lo tanto, es mejor callar que murmurar; es peligroso contender
con Aquel que es fuego consumidor (Heb. 12:29). Thomas Brooks.
Los israelitas son llamados «murmuradores» y «rebeldes> en este mismo texto (Núm. 17:10); y
¿no es la rebelión como pecado de brujería? (1º Sam. 15:23). Si tú eres un murmurador cuenta
con que Dios te considera como un brujo, o sea como uno que tiene pacto con el diablo. Este es
un pecado de primera magnitud. Murmurar termina a menudo en maldición. La madre de
Miqueas terminó blasfemando cuando le fueron robados los talentos de plata (Jue. 17:2). Así
hace el murmurador cuando alguna parte de sus bienes le es quitada. Nuestras murmuraciones
son la música del diablo; éste es un pecado que Dios no puede soportar. - T. Watson.
Temo tanto a la murmuración corno a los juramentos y blasfemias. - Juan Wesley.
Un niño estaba llorando por vicio y oí a su madre decir: «Si tú lloras por nada pronto te daré por
qué llorar.» Efectivamente, poco después los golpes que oí de su mano me hicieron comprender
que la amenaza había sido cumplida, y aprendí la lección de que cuando nos quejamos por nada,
la vara del Señor está cerca de nuestras espaldas y nos hará, probablemente, llorar con razón.
