Danilo Montero
Danilo Montero
@danilo-montero
Compartir! Compartir! Compartir!

La marca de Dios

Fecha: 2010-02-25
Categoría:
By: admin

El proceso espiritual que nos lleva a experimentar la santidad es en el que convergen dos elementos esenciales. El primero, la gracia de Dios que nos toca y nos imparte la semejanza de Cristo. Y el segundo nuestra voluntad que se rinde al Señor y nos mueve a tomar las decisiones necesarias para alcanzar los cambios que anhelamos.

Jamás tocaremos las alturas de la santidad de Dios sin que Él sea quien
la imparta. La obra perfecta de Cristo en la cruz es la fuente de la
que emana tal bendición. Su sacrificio substitutivo por nuestros
pecados y su resurrección victoriosa aseguran a los creyentes la dicha
de gustar de la piedad (la expresión del carácter divino) durante
nuestra presente vida.

Lo anterior, sin embargo, no elimina
nuestra responsabilidad de buscar la santidad y la transformación
espiritual. Somos colaboradores de Dios en este proceso. Por la misma
gracia que recibimos de Dios, atendemos al llamado que Él nos hace para
caminar hacia la sanidad y la restauración.

El joven Jacob
buscaba la bendición de su padre y la consiguió finalmente. Para
lograrlo, engañó a su familia. Su búsqueda era sincera, quería romper
con el estigma que conllevaba su nombre que era una expresión de la
miseria espiritual y de la corrupción de su carácter.

Una vez
escuchada la bendición de Isaac, Jacob fue enviado a buscar esposa. El
favor de Dios estuvo sobre él bendiciéndolo en todas las áreas, pero
llegó el momento cuando el Señor lo llamó a volver a casa de sus
padres. El "suplantador" llega a una encrucijada para alcanzar el
cambio.

Quiero invitarte a observar cuatro pasos que puedes
dar para encontrar una relación íntima con Dios y un lugar de sanidad
para tu alma. Los siguientes principios revolucionaron mi vida y fueron
una parte importantísima de la estrategia divina para traerme a un
lugar de madurez y paz.


1. Cierra los capítulos inconclusos.

"También Jehová dijo a Jacob: Vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu parentela, y yo estaré contigo" (Génesis 3I:3).

Para
poder sanar las brechas emocionales y descubrir una verdadera libertad,
tendremos que entender el "lugar" en nuestra vida donde fuimos
marcados. Es probable que esa "marca" fuera causada en nuestro propio
hogar. La vida funciona de tal manera que no puedes alcanzar tu madurez
a menos que resuelvas el lugar de tus principios.

Para
alcanzar el potencial de Dios en ti, debes identificar los capítulos
inconclusos de tu niñez y adolescencia con el fin de enmendar errores y
sanar heridas.

La historia de nuestra raza se definió
trágicamente en el Jardín del Edén, pues en ese lugar el hombre decidió
hacer su propia voluntad y romper su relación con el Creador. Para
cambiar el curso de nuestra historia, Dios tuvo que volver a un jardín
(Getsemaní) en el cuál Jesús (Dios-hombre) tomó el lugar de todos
nosotros para rendirnos nuevamente a su voluntad.

En la
Navidad del '95, nos reunimos en familia para compartir una cena.
Oscar, mi hermano mayor y su esposa, así como mi hermana Giselle y
Rodrigo mi cuñado, pasamos un momento sumamente especial.

El
teléfono sonó y Oscar tomó la llamada. Pronto me di cuenta que era papá
quien quería saludarnos. Le hice señas a mi hermano para que me dejara
hablarle. Luego de saludarlo, lo invité a venir a lo que contestó
negativamente. Tuve que insistirle que no tendría problemas con mamá y
que yo era quien quería tenerlo en casa. Aunque hacía más de diez años
que no vivíamos con él, papá acostumbraba vernos de vez en cuando.

Finalmente
vino Y comió con nosotros. Mientras cenaba, pude reconocer la voz del
Señor que me indicaba obedecerlo. Muchos meses atrás comencé a sentir
la inquietud de poder hablar con papá para resolver algunos asuntos
inconclusos en nuestra vida y el Señor me había indicado que Él me
daría el momento. Pocos minutos después de haber terminado de comer,
papá nos dijo que se marchaba presuroso. Sin más, me ofrecí a llevarlo
a su casa.

Aunque al principio nos costó un poco, conforme nos
acercamos a su casa llegamos al punto de entablar un diálogo sincero y
profundo. Papá me daba las gracias por haberme hecho cargo de la
familia y se disculpaba por no haberme ayudado como debía. Para mi
asombro abrió el corazón contándome los pormenores de la crisis que
terminó con su matrimonio.

Tenía ante mí a un hombre
arrepentido, y delante de él uno que sentía compasión. Fue nuestra
primera conversación de hombre a hombre.

-Hijo, tengo una deuda
contigo y con tus hermanos-, dijo al final. -Papá -le dije- no nos
debes nada, hay uno que ya saldó la deuda por ti. Todos en casa te
amamos y te hemos perdonado. Todo está olvidado.

Lo abracé y nos despedimos. Un capítulo importante de mi vida se cerró... esa Nochebuena.
El
proceso de ofrecer y recibir perdón sella lo que Dios desea hacer para
que crezcamos e iniciemos una nueva etapa en nuestra vida como
príncipes con Dios, como gente que gobierna y que alcanza madurez en el
Señor.

2. Acepta la confrontación de otros.

Jacob
sabía que volver a la casa de su parentela significaba encontrarse con
Esaú. Su hermano era la suma de sus errores y la personificación de las
grietas de carácter con las que luchaba. Dios trajo a Esaú como un
mensajero de confrontación.

"Y los mensajeros volvieron a
Jacob, diciendo: Vinimos a tu hermano Esaú, y él también viene a
recibirte, y cuatrocientos hombres con él. Entonces Jacob tuvo gran
temor (...) Y dijo Jacob: Dios de mi padre Abraham (...) Líbrame ahora
de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo..."
(Génesis 32:6-7, 9,11).

Dios permitió que Jacob fuera
confrontado con sus errores del pasado. Dos personas fueron usadas por
Dios para ello: Esaú y Labán.

Las personas y circunstancias no
cambian por sí solas lo que hay en nuestro corazón. El cambio lo
produce nuestra actitud ante esa confrontación.

A menudo, las
personas más cercanas a nosotros son las herramientas que el enemigo
usa para herirnos. También aquellos con quienes tratamos diariamente
son los mensajeros divinos de confrontación. No los pedimos, es más, si
pudiéramos, nos libraríamos de algunos.

Una pobre mujer
desesperada por la agonía de una vida miserable junto a su esposo
oraba: "Señor, o te lo llevas o te lo mando". Muchas veces, cuando
oramos para que Dios cambie a esa persona que nos irrita, recibiremos
la respuesta del dedo divino señalándonos y diciendo: "Tú eres el que
más necesita ese cambio".

Hay otra forma en que podemos
beneficiamos de la confrontación. La Biblia nos enseña en Proverbios
27:17 que los amigos son instrumentos de Dios para pulir nuestro
carácter. "Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro
de su amigo".

Todos necesitamos contar con amigos y ministros
a quienes rendir cuentas. Una de las necesidades más grandes que
tenemos los que servimos a Dios es la de establecer vínculos con
hombres y mujeres piadosos con quienes compartir nuestras luchas, y de
quienes recibamos consejo y exhortación. Si queremos cambios
necesitamos dejar el aislamiento espiritual y confiar en otras
personas.

3. Descubre a Dios en tu soledad.

Jacob
decidió dividir a su pueblo. Lo envió como caravanas delante de él con
regalos para Esaú, tratando de encontrar gracia frente a su hermano.
Luego se quedó solo: "Así se quedó Jacob solo..." (Génesis 32:24).

Las
cosas trascendentales en la vida de un hombre suceden en la soledad que
hay en la presencia de Dios. La mayor escuela de cambio no sucede en la
multitud de una conferencia ni en la vida social de la iglesia.

Moisés
pasó años de "soledad" en el desierto y allí se encontró con Dios.
Igualmente David, que aprendió a ser un adorador a través de sus largas
vigilias en soledad. Ana fue estéril hasta que decidió ir sola al
templo y desnudar su alma en la presencia de Dios, y allí, en la
"soledad", encontró paz y cambio. Asimismo en la "soledad" Jesús fue
tentado, pero también allí obtuvo victoria para nosotros.

Necesitamos encontrar a nuestro Señor que está en la soledad.

"Mas
tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu
Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te
recompensar en público" (Mateo 6:6).
El cristianismo nos promete
colocarnos en el punto donde nuestro padre Adán perdió la batalla para
que recuperemos lo perdido. Allí abriremos los ojos y frente a nosotros
encontraremos los enormes ojos del Padre mirándonos con asombro, como
la primera vez que Adán lo vio. Solos, uno frente al otro, miraremos
nuestra imagen reflejada en sus ojos, y Él, sonriente buscará la suya
en nuestra mirada. Como un Padre que al contemplar por primera vez a su
recién nacido, llora sorprendido al descubrir su semblanza en la faz de
un bebé.

La oración a solas es el lugar donde conocemos al
Padre que está en lo secreto, y a la vez descubrimos que somos sus
hijos amados.