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        <title><![CDATA[@Max Lucado - escritos]]></title>
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                <title><![CDATA[En espera del poder - @max-lucado]]></title>
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                <description><![CDATA[

A aquellos que todavía luchan, Dios dice: "Esperen en mí". Jesús no nos dice que permanezcamos en Jerusalén, pero sí que permanezcamos honestos, fieles y verdaderos.
"Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego". Marcos emplea la misma palabra griega que se traduce aquí "perseveraban" y que significa también "continuamente". Él describió una barca que flotaba sobre el agua mientras esperaba a Jesús.
El maestro estaba hablando desde la playa de Galilea y dijo a los discípulos "que le tuviesen siempre lista la barca" (Marcos 3:9). La barca estaba "continuamente" en la presencia de Cristo y asimismo los discípulos en el aposento alto se mantuvieron "siempre listos". Pasó un día. Luego dos. Después una semana. Ellos no saben si tendrán que pasar cien más, pero de allí no se mueven. Persisten en la presencia de Cristo. Entonces, diez días más tarde, ¡prepárense para lo que viene! Leer (Hechos 2:1-4)<br />Los dudosos se convirtieron en profetas. Pedro predicó y la gente vino, y Dios abrió las compuertas del movimiento más grande en la historia. Empezó porque los seguidores estuvieron dispuestos a hacer algo trascendental: Permanecer en el lugar correcto en espera del poder.
Nosotros vacilamos mucho para hacer lo que ellos hicieron. ¿Quién tiene tiempo para esperar? Nos echamos a la pena con tan solo pensarlo, pero lo cierto es que esperar no tiene que ver con inactividad, más bien con actividad en Él. Esperar significa velar por su llegada. Si esperas el bus, estás pendiente de su aparición. Si esperas a Dios, estás pendiente para verlo tan pronto como llegue, lo buscas y abrigas la esperanza de ser encontrado por El. Grandes promesas vienen a aquellos que saben esperar. (Isaías 40:31).
A aquellos que todavía luchan, Dios dice:"Esperen en mí". Además se debe esperar en el lugar indicado. Jesús no nos dice que permanezcamos en Jerusalén, pero sí que permanezcamos honestos, fieles y verdaderos. Leer (1 Samuel 12:15). ¿Estás entregando tu cuerpo a alguien que no lleva tu nombre ni porta tu anillo? ¿Es tu boca un Amazonas de chismería? Si decides en la parda del bus de la desobediencia, necesitas saber algo: El bus de Dios no hace paradas allí. Acude al lugar de la obediencia: “También el Espíritu, el cual ha dado Dios a los que le obedecen”( Hechos 5:32).
Mientras esperas en el lugar correcto, mantén una buena relación con la gente que te rodea. ¿Acaso tendría el Espíritu Santo discípulos contenciosos y ungidos al mismo tiempo? Según Pedro, la falta de armonía obstaculiza las oraciones, por eso dice a los esposos:"Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente… para que vuestras oraciones no tengan estorbo" (1 Pedro 3: 7). Esperar en Dios significa resolver los conflictos a pesar de las diferencias, perdonar las ofensas y reconciliar a las partes enfrentadas. "Siempre" solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.(Efesios 4:3).
Hace unos años tuvimos en nuestra casa un trampolín en el patio trasero. Una tarde de sábado noté que nuestras tres hijas estaban saltando en él. Mis hijas, como sucede con casi todos los hermanos y hermanas, no siempre se llevan bien, pero por alguna razón aquella tarde eran las más entusiastas entre sí. Cuando una saltaba, las otras dos aplaudían. Si una se caía, las otras dos la ayudaban a levantarse. Yo me hinché de orgullo, y ¿sabes qué hice al rato? Me sumé a ellas. No podía resistirlo. La alianza que tenían me agradó. Nuestra alianza fraterna también le agrada a Cristo. Jesús prometió: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.(Mateo 18:20).
¿Deseas poder para tu vida? Vendrá a medida que, "tú haces tu parte para estar en paz con todos los hombres" (Romanos 12:18).
También por medio de tu vida de oración. Los discípulos oraron durante diez días. Diez días de oración y unos cuantos minutos de predicación trajeron como resultado tres mil almas salvadas. Quizás, invertimos los números. Tendemos a orar unos cuantos minutos y predicar diez días. No así los apóstoles. Como la barca estaba siempre lista y a la espera de Cristo, ellos permanecieron todo el tiempo que fuera necesario en su presencia. Nunca salieron del lugar de la oración.
Los escritores bíblicos se refirieron con frecuencia a ese lugar. Los primeros cristianos fueron exhortados a:<br /> • "Orar sin cesar" (1 Tesalonicenses 5:17)<br /> • ser "constantes en la oración" (Romanos 12:12)<br /> • vivir "orando en todo el tiempo" (Efesios 6:18)
Recuerda que ellos perseveraron continuamente, y ese adverbio describe la clase de oración que hicieron los apóstoles en el aposento alto. Esa misma palabra describe nuestras oraciones: "Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias" (Colosenses 4:2).
¿Suena como una carga difícil de sobrellevar? Tal vez re preguntas: “Necesito atender mis asuntos, mis hijos necesitan la cena, mis cuentas tienen que ser pagadas. ¿Cómo puedo permanecer de la oración?”. Orar sin cesar suena como algo complicado, pero no tiene que serlo.
Practica lo siguiente: Cambia tu definición de oración. No pienses que es tanto una actividad para Dios como un conocimiento de Dios. Procura vivir en una conciencia permanente de su realidad. Reconoce su presencia donde quieras que vayas. Al esperar en la fila mientras pagas el registro de tu automóvil, piensa: “Gracias Señor por estar aquí conmigo”. En la tienda de víveres mientras haces las compras, medita: “Tu presencia mi rey acojo en mi vida. Te doy la bienvenida”. Mientras lavas los platos, adora a tu hacedor. El hermano Lawrence lo hizo. Este santo reconocido se llamó a sí mismo el "señor de las ollas y los sartenes". En su libro: “La práctica de la presencia de Dios”, escribió:
“El momento de atender mis asuntos no difiere en absoluto de mi tiempo de oración, y en medio de los ruidos de mi cocina, mientras otras personas hablan de mil cosas diferentes, yo poseo la presencia de Dios con la misma tranquilidad como si estuviese arrodillado frente al bienaventurado sacramento”<br />Soy apenas un principiante un principiante en la liga de la oración sin cesar, pero disfruto al máximo la experiencia. He descubierto la fortaleza que se gana al llevar dos conversaciones simultáneas: Una con cualquier persona y otra con la persona. Uno puede al mismo tiempo escuchar y pedir. Mientras una persona me describe sus problemas, casi siempre oro en silencio: “Dios, ayúdame aquí un poquito, por favor”. Él siempre me suministra ayuda. También he descubierto el deleite de beber con frecuencia de su fuente de agua fresca. En el transcurso del día, mis pensamientos van marcados por frases como:
 <br />“Guíame, Padre amado. Perdona esa idea, por favor. Protege hoy a mis hijas.” Un pensamiento final. El aposento alto estaba ocupado por ciento veinte discípulos. Puesto que había unos cuatro millones de personas en Palestina en aquel tiempo, esto significa que menos de uno en cada treinta mil habitantes era cristiano. Sin embargo, mira el fruto de su trabajo. Mejor dicho, mira el fruto del Espíritu de Dios en ellos. No podemos más que preguntamos qué pasaría hoy día si nosotros, que todavía luchamos, hiciéramos lo que ellos hicieron: Esperar en el Señor en el lugar correcto.
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                <pubDate>Fri, 27 Sep 2013 09:52:02 -0300</pubDate>
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                <title><![CDATA[Jesus: Agua para el corazon deshidratado - @max-lucado]]></title>
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                <description><![CDATA[

Dios te invita a tratar tu alma sedienta así como tratas tu sed física. Dios no te creó para vivir con el corazón deshidratado.
Texto: Juan 7:37-39
<br />
Tú sabes lo que es la sed física. Deja de beber líquidos haber qué pasa. Un sin fin de reacciones terribles no tardarán en manifestarse. Si privas tu cuerpo de los fluidos necesarios, tarde o temprano te lo hará saber.
Priva a tu alma de agua espiritual, y ella también te lo dirá. Los corazones deshidratados envían mensajes desesperados. Temperamentos irritados. Olas de preocupación. Culpa y temor crecientes. Desesperanza. Resentimiento. Inseguridad. Insomnio. Soledad. Esas son señales y advertencias, síntomas de una sequedad en lo más profundo del ser. Quizás nunca lo hayas visto así. Pensaste que eran como policías acostados, una parte necesaria e ineludible de la vida.
¿Cambios de ánimo? Todos pasan días grises, sábados tristes y domingos largos y aburridos. <br />¿Acaso no son inevitables esas emociones? <br />Sí que lo son.
Aunque de ningún modo inextinguibles. Considera los dolores de tu corazón, no como luchas que debes soportar, sino como una sed interna que necesitas saciar.
Dios te invita a tratar tu alma sedienta así como tratas tu sed física. Dios no te creó para vivir con el corazón deshidratado.
De hecho, tu hacedor te creo con sed para que sirva como iniciador de sequedad.
Y “¡así como nuestra sed física no nos engaña!” pues hay un líquido vital existente para saciarla; “¡la sed de tu alma, tampoco te engaña”!, pues es un de los grandes indicadores, no solo de la existencia de un Dios, sino también de la respuesta vital (agua de vida) para tu alma, de dicho Dios.
¿Cómo se logra esto?
Empieza por hacer caso a tu sed. No pases por alto tu sensación de soledad. No niegues tu rabia. Estos son algunos de los síntomas y las señales que no debes ignorar. Necesitas hidratación. No dejes que tu corazón se vuelva una pasa de uva. Por tu bien y el de aquellos que necesitan tu amor. ¡Hidrata tu alma! Obedece a tu sed.
¿Qué podemos hacer al respecto?
Lo que hacemos típicamente no funciona.<br />Nos vamos de vacaciones, tomamos píldoras, drogas o alcohol, lo arriesgamos todo en el juego, aventuras en brazos más jóvenes, un amor prohibido, adicción al trabajo con semanas laborales de ochenta horas, etc.
Dan cierto sentido de realización y saciedad, pero nunca quitarán la sed del alma. A esto se lo llama &lt;&gt;. Allí hay sustancias que no estamos hechos para ingerir.
Y ten mucho cuidado con las botellas que tienen la etiqueta de “Religión”. Jesús lo tuvo. Observa en qué situación decide pronunciarse. No está hablando a prostitutas, ladrones, belicosos, tampoco a presos ni a alumnos de un reformatorio. No, se dirige a los observantes y a los asistentes fieles de una convención religiosa.
Era el equivalente del vaticano en domingo de resurrección. Están desplegados los símbolos religiosos como en una venta callejera: el templo, el altar, las trompetas y las túnicas adornadas.<br />Estos son símbolos simplemente y él no los puso como fuentes. El apunta hacia sí mismo, en donde los símbolos se cumplen. La religión apacigua, pero nunca satisface. Bébelo a él.
¿Cómo y donde hallamos agua para el alma?
Jesús dio una respuesta cierto día de octubre en Jerusalén. La gente había llenado las calles para la representación anual del milagro del agua que salió de la roca por medio de Moisés.
En honor a sus ancestros nómadas, dormían en tiendas o tabernáculos. Como tributo a la corriente del desierto, derramaban agua.
Cada mañana un sacerdote llenaba un jarrón dorado con agua de los manantiales de Gihón y lo llevaba por un sendero rodeado de espectadores hasta el templo. Hacía esto una vez por día durante siete días.
En el último, el gran día de la fiesta, el sacerdote daba siete vueltas alrededor del altar, empapándolo con siete vasijas llenas de agua.
Y en ese día fue cuando Jesús convocó la atención del pueblo.
&lt;&gt;
Toda la gente sorprendida, se quedó mirando la interrupción, en ese día y momento, no era nada común, era casi interrumpir la gran fiesta. Observemos la secuencia:
…puesto en pie (al alcance de la vista de todos) ¿Acaso lo habían visto hablar con tanta intensidad? <br />…Alzó la voz… (Los rabinos enseñaban sentados y calmos) los Evangelios usan el mismo verbo griego para describir el volumen en la voz de Jesús. Cuando Pedro pidió auxilio en el mar tormentoso, el endemoniado grito misericordia. Y el hombre ciego dio voces al clamar por su vista.
No fue un simple murmullo. Dios hizo tronar el martillo del cielo.
¿Por qué?
Porque Cristo demanda la atención de todos, incluyéndote.
Exclamó por que le quedaba poco tiempo. Incluso el tuyo esta a distancia de la falta de un suspiro<br />Porque la gente moría de sed.
Dios no quedó callado. Nadie podrá decir que no lo escucho. Su amor es vehemencia en alta vos. Nos dirigió la palabra y es una palabra buena, buenas noticias de salvación, un Evangelio. Por lo que fue con voz en cuello. La justa interrupción de cualquier cosa con pretensiones de saciar incumplidas. <br />Jesús lanzó a gritos su invitación:
¿Se están marchitando interiormente?
Beban de mí. Solo necesita tu permiso. Como el agua, Jesús no entrará si no optas por ingerir y tragar. Hasta que te decidas beber el agua no te dará beneficios. Puedes meterte hasta el cuello en medio de un río y sin embargo morir de sed. A menos que bebas de Cristo, seguirás siempre sediento. Bébelo a El. Y bebe con frecuencia.
Para tal fin, te ofrezco esta herramienta: Una oración para el corazón sediento.
Llévala como el ciclista lleva so botella de agua. La oración incluye cuatro líquidos esenciales para la hidratación del alma: la obra de Dios por ti, la energía de Dios, su señorío y su amor.
-Señor vengo sediento. Vengo a beber y recibir. Recibo tu obra en la cruz y en tu resurrección. Mis pecados son perdonados y mi muerte es derrotada.<br />Recibo tu energía. Revestido de poder por tu Espíritu Santo, puedo hacer todas las cosas por medio de Cristo, que me fortalece. Acepto también tú Señorío. Yo pertenezco a ti. Nada viene a mí sin haber pasado primero por ti. Recibo asimismo tu amor eterno. Nada puede separarme de tu amor.
¿Acaso no necesitas sorber frecuentemente de la represa de Dios? Yo sí.
Le he ofrecido esta oración en un sin número de situaciones:
Reuniones angustiosas, días insulsos, recorridos extensos, viajes exigentes, decisiones que someten a prueba el carácter.
Muchas veces al día voy al manantial subterráneo de Dios y a cambio de mi pecado y muerte recibo de nuevo su obra, la energía de su Espíritu, su señorío y su invariable amor. <br />Bebe conmigo de su pozo sin fondo. No tienes que vivir con un corazón deshidratado. Recibe la obra de Cristo en la cruz.
La energía de su espíritu, Su señorío sobre tu vida, Su amor inextinguible e infalible. Bebe hasta lo profundo y bebe con frecuencia. Así fluirán de ti ríos de agua viva.
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                <pubDate>Wed, 14 Nov 2012 11:19:31 -0200</pubDate>
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                <title><![CDATA[Cada dia merece una oportunidad - @max-lucado]]></title>
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                <description><![CDATA[

Saboteamos nuestro día, lo programamos para el desastre acarreando los problemas de ayer y asumiendo las luchas de mañana.
Ya no cuentas con el ayer. Se desvaneció mientras dormías. No existe. Te quedaría más fácil volver a juntar una bocanada de humo. No puedes cambiarlo, alterarlo ni mejorarlo. Las acciones mediocres no permiten una repetición de la jugada. La arena del reloj no se desliza hacia arriba. La segunda mano del reloj se niega a ir en sentido contrario. El calendario mensual se lee de izquierda a derecha, no de derecha a izquierda. Ayer ya pasó.
Todavía no tienes el mañana. A no ser que aceleres la órbita de la tierra o convenzas al sol de salir dos veces antes de ponerse una vez, no puedes vivir mañana, hoy. No puedes gastar el dinero de mañana, celebrar los logros de mañana ni resolver los acertijos de mañana. Únicamente tienes hoy. Este es el día que ha hecho el Señor. Vívelo. Debes estar presente en él para ganar. No agobies hoy con los pesares de ayer ni lo agries con los problemas de mañana. ¿Acaso no tendemos a hacer justamente eso?
Le hacemos a nuestro día lo que yo hice una vez que salí a montar una bicicleta. Mi amigo y yo emprendimos una excursión larga en el campo. A contados minutos de iniciar el viaje empecé a cansarme. A la media hora mis muslos estaban doloridos y mis pulmones parecían los de una ballena desorientada en la playa. Apenas podía impulsar los pedales. Aunque no soy un contendor en el Tour de Francia tampoco soy un novato, pero ese día me sentí como uno. Después de cuarenta y cinco minutos tuve que bajarme de la bicicleta y recuperar el aliento. Ahí fue cuando mi compañero se dio cuenta del problema. ¡Los frenos estaban rozando con mi rueda trasera! El agarre del caucho contrarrestaba cada pedaleo, y el recorrido estaba destinado a ser espinoso.
¿No hacemos lo mismo? La culpa ejerce presión por un lado. El pavor se encarga del otro. Con razón vivimos tan cansados. Saboteamos nuestro día, lo programamos para el desastre acarreando los problemas de ayer y asumiendo las luchas de mañana.
Remordimiento por el pasado, ansiedad por el futuro. No le estamos dando un chance al día.
¿Qué podemos hacer al respecto? Esta es mi propuesta: Consultemos a Jesús. El Anciano de días tiene algo que decir sobre nuestros días. Aunque no emplea el término día con mucha frecuencia en las Escrituras, las contadas veces que lo usa nos proveen una fórmula estupenda para optimizar con excelencia el manejo de cada uno de nuestros días. Satura tu día en su gracia. «Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23.43). Encomienda tu día a su cuidado. «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy» (Lucas 11.3). Acepta su dirección. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9.23).
(Extracto del libro Cada día merece una oportunidad por Max Lucado)
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                <pubDate>Wed, 12 Sep 2012 11:21:11 -0300</pubDate>
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                <title><![CDATA[La voz de Dios y nuestra decision - @max-lucado]]></title>
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                <description><![CDATA[

Si hay mil pasos entre nosotros y Dios, Él los dará todos, menos uno. A nosotros nos corresponderá dar el paso final. La decisión es nuestra.<br />Un buen piloto hace cualquier cosa con tal de llevar a sus pasajeros salvos a casa.
Fui testigo de un buen ejemplo de esto una vez que volaba por algún lugar sobre Missouri. La auxiliar de vuelo nos dijo que volviéramos a nuestros asientos porque nos aproximábamos a una zona de turbulencias. Se trataba de un vuelo problemático y la gente tardó bastante en reaccionar; pero ella nos advirtió de nuevo: «Vamos a movernos, así que por seguridad, es mejor que se sienten».
Muchos lo hicieron. Pero unos pocos no, así es que ella cambió el tono: «Damas y caballeros, por su bien, ¡vuelvan a sus asientos!» <br />Creía que todos estaban sentados, pero era evidente que estaba equivocado, porque la próxima voz que oí fue la del piloto: «Este es el capitán Brown», anunció. «Hay algunos pasajeros heridos por ir al baño en lugar de permanecer en sus asientos. Queremos ser bien claros en cuanto a nuestra responsabilidad. Mi trabajo es pasar con ustedes a través de la tormenta. Su trabajo es hacer lo que les digo. ¡Así es que tomen asiento y abróchense los cinturones!»
En ese momento se abrió la puerta del baño y apareció un tipo con el rostro rojo de vergüenza y con una sonrisita tímida se fue a sentar. <br />¿Se equivocó el piloto en lo que hizo? ¿Fue demasiado insensible o poco cortés? No, todo lo contrario. Para él era más importante que el hombre estuviera a salvo aunque avergonzado, que no advertido y herido. <br />Los buenos pilotos hacen lo que sea necesario con tal de llevar a sus pasajeros a casa.
Así es Dios. He aquí una pregunta clave: ¿Cuánto quieres que Dios haga para prestarte atención? Si Él tuviera que escoger entre tu seguridad eterna y tu bienestar terrenal, ¿qué crees que escogería? No te apresures en contestar. Piensa un poco.
Si Dios te ve de pie cuando deberías estar sentado, si Dios te ve en peligro en lugar de verte a salvo, ¿cuánto quieres que Dios haga para que te preste atención?
¿Qué dirías si Él decidiera llevarte a otro país? (Como hizo con Abraham.) ¿Qué dirías si te llamara a dejar el retiro? (¿Recuerda a Moisés?) ¿Qué tal si te hablara un ángel o las entrañas de un pez? (Tipo Gedeón o Jonás.) ¿Qué tal un ascenso como Daniel o una destitución como Sansón?
Dios hace cualquier cosa con tal que le escuchemos. ¿No es ese el mensaje de la Biblia? La búsqueda implacable de Dios. Dios a la caza. Dios buscando. Hurgando debajo de la cama en busca de sus hijos escondidos, moviendo los arbustos rastreando la oveja perdida. Haciendo una bocina con sus manos para gritar por las quebradas. Luchando con los nuevos Jacobs en los enlodados Jabocs de la vida.
Por todas sus peculiaridades y desigualdades, la Biblia tiene una historia sencilla. Dios hizo al hombre. El hombre rechazó a Dios. Dios no se dará por vencido hasta que traiga al hombre de vuelta a Él. Desde Moisés en Moab hasta Juan en Patmos, ha podido oírse la voz: «Yo soy el piloto. Tú eres el pasajero. Mi trabajo es llevarte a casa. Tu trabajo es hacer lo que yo digo». <br />Dios es tan creativo como inexorable. La misma mano que mandó maná a Israel, envió a Uza a la muerte. La misma mano que dejó libre a su pueblo de la esclavitud en Egipto, lo envió cautivo a Babilonia. Bondad y austeridad. Ternura y dureza. Firmeza fiel. Paciencia urgente. Ansiedad tolerante. Suave en su gritar. Dulce. Atronador. Trueno apacible.
Así es como Juan vio a Jesús. El Evangelio de Juan tiene dos temas: la voz de Dios y la decisión del hombre. Y ya que este libro se basa en Juan, verás el mismo dúo: su voz, nuestra decisión.
Jesús dijo: «Yo soy el pan que da vida. Yo soy la luz del mundo. Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy la luz del mundo. Yo soy la puerta. Yo soy el camino la verdad y la vida. Vendré otra vez para llevaros conmigo». <br />La proclamación de Jesús: siempre ofreciendo, nunca forzando: <br />De pie junto al paralítico: «¿Quieres recobrar la salud?» ( Juan 5:6 ). <br />Cara a cara con el ciego, ahora sano: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» ( Juan 9:35 ).
Cerca de la tumba de Lázaro, probando el corazón de Marta: «Y ninguno de los que viven y creen en mí morirá jamás. ¿Crees esto?» ( Juan 11:26 ). <br />Probando la intención de Pilato: «¿Eso lo preguntas tú por tu propia cuenta, o te lo han dicho otros de mí?» ( Juan 18:34 ).
La primera vez que Juan oyó a Jesús hablar, este preguntó: «¿Qué estáis buscando?» ( Juan 1:38 ). Entre las últimas palabras de Dios, está todavía esta otra: «¿Me quieres?» ( 21:17 ).
Este es el Jesús que Juan recuerda. Las preguntas sinceras. Las afirmaciones atronadoras. El toque suave. Nunca yendo donde no le invitan, pero una vez invitado, nunca se detiene sino hasta finalizar, hasta que se haya hecho una decisión.
Dios susurrará. Gritará. Tocará y forcejará. Nos despojará de nuestras cargas; y aun nos quitará nuestras bendiciones. Si hay mil pasos entre nosotros y Dios, Él los dará todos, menos uno. A nosotros nos corresponderá dar el paso final. La decisión es nuestra.
Por favor, entiende. Su meta no es hacerte feliz. Su meta es hacerte suyo. Su meta no es darte lo que quieres; es darte lo que necesitas. Y si eso significa una o dos sacudidas para que vuelvas a tu asiento, lo hará. La molestia terrenal es un agradable cambio para la paz celestial. Jesús dijo: «En el mundo habréis de sufrir; pero tened valor, pues yo he vencido al mundo» ( Juan 16:33 ).
¿Cómo podía hablar con tal autoridad? ¿Con qué derecho toma el mando? Simple. Él, como el piloto, sabe lo que no sabemos, y puede ver lo que no podemos.
¿Qué sabía el piloto? Sabía cómo volar un avión. <br />¿Qué veía el piloto? Turbulencias adelante.<br />¿Qué sabe Dios? Sabe cómo gobernar la historia. <br />¿Qué ve Él? Supongo que usted entiende el mensaje. <br />Dios quiere llevarte a casa con seguridad.
Sólo piensa en Él como tu piloto. Piensa en ti como su pasajero. Considera este libro como una lectura en vuelo. Y piensa dos veces antes de levantarte e ir al baño.
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                <pubDate>Fri, 24 Aug 2012 08:22:44 -0300</pubDate>
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                <title><![CDATA[La carga de las preocupaciones - @max-lucado]]></title>
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Por Max lucado
<br />«Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal» ( Mateo 6.34 ).<br /><br />    Ese no es el único resultado. La preocupación no es una enfermedad, pero causa enfermedades. Se la ha relacionado con la hipertensión, los problemas cardíacos, la ceguera, la migraña, los problemas de la tiroides y una gran cantidad de desórdenes estomacales.
<br />La ansiedad es un hábito caro. Valdría la pena si diera buen resultado. Pero no. Nuestros esfuerzos son inútiles. Jesús dijo: «¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?» ( Mateo 6.27 ). Los afanes nunca han dado brillo a un día, ni han resuelto un problema, ni curado una enfermedad.
<br />¿Cómo puede una persona hacer frente a la ansiedad? Podría intentar lo que hizo un individuo. Se preocupaba tanto que decidió contratar a alguien que se preocupara por él. Encontró un hombre que aceptó asumir sus preocupaciones por un salario de 200 mil dólares al año. Después que el hombre aceptó el trabajo, la primera pregunta a su patrón fue: «¿Dónde va a conseguir los 200 mil dólares anuales?» El hombre respondió: «Ese es problema suyo».<br />Lamentablemente, la preocupación es un trabajo que uno no puede delegar, pero lo puede vencer. No hay mejor lugar para comenzar que en el versículo dos del salmo del pastor.<br />«Junto a aguas de reposo me pastoreará», dice David. Y, por si acaso lo hemos captado bien, repite la frase en el versículo siguiente: «Me guiará por sendas de justicia».
<br />«Me guiará». Dios no está detrás gritando «¡Anda!» Va delante y me invita: «Ven». Va delante, limpia el sendero, corta las ramas, señala el camino. Al llegar a una curva, dice: «Dobla hacia allá». Al subir, señala: «Sube aquí». Cerca de las rocas advierte: «¡Cuidado!»
<br />Él nos guía. Nos dice lo que necesitamos saber cuando necesitamos saberlo. Como lo diría un escritor del Nuevo Testamento: «Hallaremos gracia cuando la necesitemos».
<br />Escuchemos otra versión: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro » ( Hebreos 4.16 ).
<br />La ayuda de Dios es oportuna. Él ayuda de la misma forma que un padre da los pasajes para el avión a sus niños. Cuando viajo con mis hijas, llevo todos los billetes en mi maletín. Cuando llega el momento de abordar el avión, me paro entre quien me atiende y mi hija. A medida que cada una pasa, yo pongo un boleto en su mano, y ella a su vez lo pasa al dependiente. Cada una recibe su billete en el momento oportuno.
<br />Lo que hago por mis hijas Dios lo hace por usted. Se pone entre usted y su necesidad. En el momento oportuno, le da su boleto. ¿No fue esta la promesa que dio a sus discípulos? «Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad ; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo» ( Marcos 13.11 ).
<br />¿No es ese el mensaje de Dios a los hijos de Israel? Prometió proporcionarles el maná cada día. Pero les dijo que recogieran sólo lo necesario para un día. Los que desobedecieron y recogieron para dos días encontraron que al segundo día el maná se les había descompuesto. La única excepción a la regla era el día previo al reposo. El viernes podían recoger el doble. Dicho de otro modo, Dios les daría lo necesario en su tiempo de necesidad. Dios nos guía. Dios hará lo que corresponde a su debido tiempo. ¡Qué diferencia hace eso! Puesto que sé que su provisión es oportuna, puedo disfrutar del presente.<br /><br />«Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal» ( Mateo 6.34 ). La última frase es digna de destacarse: «Basta a cada día su propio mal».<br />  <br /> <br />«No sé qué haré si mi esposo muere». Lo sabrás en el momento oportuno. «Cuando mis hijos dejen la casa, no creo que pueda soportarlo». No será fácil, pero la fortaleza llegará en el momento oportuno «Yo no podría dirigir una iglesia. Hay muchas cosas que no sé». Quizás usted tenga razón. O quizás quiere saberlo todo demasiado pronto. ¿Podría ser que Dios le revele todo en el momento oportuno ?<br /><br />La clave es la siguiente: Enfrente los problemas de hoy con la energía de hoy. No se fije en los problemas de mañana hasta mañana. Aun no tiene las fuerzas de mañana. Ya tiene suficiente para el día de hoy.
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                <pubDate>Thu, 31 May 2012 09:49:33 -0300</pubDate>
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                    <item>
                <title><![CDATA[Del Panico a la Paz - @max-lucado]]></title>
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                <description><![CDATA[

 Por Max Lucado 
No mida la altura de la montaña; hable a aquel que la puede mover. Lectura: Salmo 23:4 Jesús salió de la ciudad y fue al Monte de los Olivos, como solía hacerlo, y sus seguidores fueron con Él. Cuando llegó al lugar, les dijo: «Orad que no entréis en tentación». Luego se alejó como a un tiro de piedra de ellos. Se arrodilló y oró: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces apareció un ángel del cielo que lo confortaba.
 
Lleno de dolor, Jesús oraba más intensamente. Su sudor era como gotas de sangre que caían en tierra ( Lucas 22.39–44 ). ¿Qué hacemos con esta imagen de Jesús? Simple. Nos volvemos a ella cuando nos sentimos igual. Leemos esto cuando nos sentimos así; leemos esto cuando tenemos miedo. Porque, ¿no era el temor una de las emociones que Jesús sintió? Se podría argumentar que el temor era la emoción primaria. 
 
Veía en el futuro algo tan feroz, tan aprensivo que oró por un cambio de planes. «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» ( Lucas 22.42 ) ¿Qué es lo que nos hace presentar la misma oración? ¿El subir a un avión? ¿Enfrentar una multitud? ¿Hablar en público? ¿Tomar un trabajo? ¿Tomar un cónyuge? ¿Conducir por la autopista? La fuente de su temor puede parecerle pequeña a otros. Pero a usted, le enfría los pies, le hace saltar el corazón y le lleva la sangre al rostro. Eso le pasó a Jesús. Tenía tanto miedo que sangró. Los médicos describen esta condición como hematohidrosis. La ansiedad grave provoca que se liberen elementos químicos que rompen los capilares en las glándulas sudoríficas.
 
Cuando ocurre esto, el sudor sale teñido con sangre. Jesús estaba más que ansioso; tenía miedo. El miedo es el hermano mayor de la preocupación. Si la preocupación es una bolsa de arpillera, el temor es un baúl de concreto. No se puede mover. Es notable que Jesús sintiera tal temor. Pero qué bondad la suya al contárnoslo. Nosotros tendemos a hacer lo contrario. Disfrazamos nuestros miedos. Los ocultamos. Ponemos las manos sudorosas en los bolsillos, la náusea y la boca seca las mantenemos en secreto. Jesús no lo hizo así. No vemos una máscara de fortaleza. Escuchamos una petición de fortaleza. «Padre, si es tu voluntad, quita esta copa de sufrimiento». El primero en oír este temor es el Padre. Pudiera haber acudido a su madre. Podría haber confiado en sus discípulos. Podría haber convocado una reunión de oración. 
 
Todo podría ser apropiado, pero ninguna otra cosa era su prioridad. Se dirigió primero a su Padre. Ah, ¡qué tendencia la nuestra de acudir a cualquiera! Primero al bar, al consejero, al libro de autoayuda o al vecino amigo. Jesús no. El primero en oír su temor fue su Padre en los cielos. Mil años antes, David exhorta a los temerosos que hagan lo mismo. «No temeré mal alguno». ¿Cómo podía David hacer tal afirmación? Porque sabía dónde poner los ojos. «Tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento». En vez de volverse a las demás ovejas, David se volvió al Pastor. 
 
En vez de mirar los problemas, miró la vara y el cayado. Por cuanto sabía a dónde mirar, podía decir: «No temeré mal alguno». Conozco a alguien que le tenía miedo a la gente. Cuando estaba rodeado por grandes grupos, su aliento se le cortaba, afloraba el pánico y comenzaba a sudar como un luchador de sumo en un sauna. Curiosamente, lo ayudó un compañero de golf. Estaban los dos en un cine esperando su turno para entrar, cuando lo acosó nuevamente el temor. La gente lo rodeaba como un bosque. Quería escapar y pronto. Su amigo le dijo que respirara hondo.
 
Luego le ayudó a manejar la crisis recordándole la cancha de golf. «Cuando vas a golpear la pelota para sacarla de la hierba alta, y estás rodeado de árboles, ¿qué haces?» «Busco un claro» «¿Miras los árboles?» «Por supuesto que no. Busco un claro y me preocupo de tirar la bola por ese lugar». «Haz lo mismo con la gente. Cuando sientas pánico, no te fijes en la gente, fíjate en el claro».
 
Buen consejo en el golf. Buen consejo para la vida. En vez de concentrarse en el temor, concentrarse en la solución. Eso fue lo que David hizo. Eso es lo que nos exhorta a hacer el autor de Hebreos. «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» ( Hebreos 12.1–2 ). El autor de Hebreos no era golfista, pero podía haber sido un corredor, porque habla de uno que corre y de un precursor. El precursor es Jesús, «el autor y consumador de la fe». Él es el autor: es quien escribió el libro de la salvación. Y es el consumador: no sólo preparó el mapa, sino que hizo resplandecer el sendero. Él es el precursor, nosotros corremos detrás. Mientras corremos se nos exhorta a fijar los ojos en Jesús. Yo corro. La mayor parte de las mañanas me arrastro fuera de la cama y ¡a la calle! No corro rápido. Y en comparación con los maratonistas, no voy lejos. Pero corro.
 
Mientras corro mi cuerpo gime. No quiere cooperar. Me duele la rodilla. Tengo la cadera rígida. Los talones se quejan. A veces los que pasan se ríen de mis piernas, y mi ego queda dolorido. Las cosas duelen. Como las cosas duelen, he aprendido que tengo tres opciones. Volver a casa (Denalyn se reiría de mí).
 
Meditar en mis dolores hasta que comience a imaginar que me duele el pecho (pensamiento placentero). O puedo seguir corriendo y contemplar la salida del sol. Mi ruta se dirige al oriente y me da un asiento en primera fila para el milagro matutino de Dios. Cuando veo que el mundo de Dios pasa de oscuro a dorado, ¿saben qué? Lo mismo ocurre en mi actitud. El dolor pasa y las articulaciones se relajan, y antes de darme cuenta, la carrera ha pasado de la mitad y la vida no es tan mala. Todo mejora cuando pongo los ojos en el sol. ¿No consistía en eso el consejo de Hebreos? «Puestos los ojos en Jesús». ¿Cuál era el enfoque de David? «Tú estarás conmigo, tu vara y tu cayado me infundirán aliento». ¿Cómo soportó Jesús el terror de la crucifixión? Primero fue al Padre con sus temores.
 
Fue ejemplo de las palabras del Salmo 56.3 : «En el día que temo, yo en ti confío». Haga lo mismo con sus temores. No eluda los huertos de Getsemaní de la vida. Entre en ellos. Pero no entre solo. Mientras esté allí, sea honesto. Se permite golpear el suelo. Se permiten las lágrimas. Y si su sudor se convierte en sangre, no será usted el primero. Haga lo que Jesús hizo: abra su corazón. 
 
Y sea específico. Jesús lo fue. «Pasa esta copa», oró. Dígale a Dios el número de su vuelo. Cuéntele la longitud de su discurso. Déle a conocer los detalles del cambio de trabajo. Él tiene mucho tiempo. También tiene mucha compasión. Él no piensa que sus temores son necios o vanos. No le dirá «Anímate», ni «Mantente firme». Él ya pasó por eso. Sabe cómo se siente. Él sabe lo que usted necesita. Por eso condicionamos la oración como Jesús lo hizo: «Si quieres … » ¿Quería Dios? Sí y no. No le quitó la cruz, pero le quitó el temor.
<br />
 Dios no acalló la tempestad, tranquilizó a los marinos. ¿Quién dice que no hará lo mismo por usted? «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» ( Filipenses 4.6 ). No mida la altura de la montaña; hable a aquel que la puede mover. En vez de llevar el mundo a sus espaldas, háblele al que sostiene el universo en las suyas. Tener esperanza es mirar hacia adelante. Ahora bien, ¿hacia dónde estaba usted mirando?
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                <pubDate>Wed, 16 May 2012 12:34:30 -0300</pubDate>
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                    <item>
                <title><![CDATA[Es grande tu recompensa - @max-lucado]]></title>
                <link>https://sermonescristianos.net/max-lucado/blog/425/es-grande-tu-recompensa</link>
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                <description><![CDATA[

Las mismas manos que se retorcieron en agonía al ser traspasadas por el clavo romano algún día le tomarán la cara y le enjugarán toda lágrima. Para siempre.<br /><br /> <br />El libro de Apocalipsis podría titularse el «Libro de la ida a casa», pues en él se nos brinda una imagen de nuestro hogar celestial.<br />Las descripciones de Juan respecto al futuro lo dejan sin aliento. La imagen que pinta de la batalla final es gráfica. 
 
El bien choca con el mal. Lo sagrado se encuentra con lo pecaminoso. Las páginas aúllan con los chillidos de dragones y humean a causa de los carbones de las fosas ardientes. Pero en medio del campo de batalla hay una rosa. Juan la describe en el capítulo 21: Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer délo y la primera tierra habían pasado, y el mar ya no existía. 
 
Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Y oí una voz fuerte que venía del trono y decía: «Ahora está la morada de Dios entre los hombres, y vivirá con ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor porque las primeras cosas ya pasaron».<br /> 
 
El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo lo hago todo nuevo!»Juan está viejo cuando escribe estas palabras. Su cuerpo está agotado. El viaje ha sido duro. Sus amigos se han ido. Pedro está muerto. Pablo ha sido martirizado. Andrés, Santiago, Natanael… son figuras nebulosas de una época anterior.<br />Al escuchar la voz desde el trono, me pregunto: ¿Recuerda acaso el día en que la escuchó en la montaña? Pues es el mismo Juan y el mismo Jesús. Los mismos pies que hace tanto tiempo subieron por la montaña detrás de Jesús se afirman para seguirlo otra vez. 
 
Los mismos ojos que miraron al Nazareno mientras enseñaba en la cumbre son los que buscan verlo otra vez. Los mismos oídos que escucharon a Jesús describir por primera vez el deleite sagrado escuchan cómo es revelado nuevamente. En este encuentro final en la cumbre de la montaña. Dios levanta el telón y permite al guerrero echarle un vistazo a la patria. 
 
Cuando se le asigna la tarea de poner por escrito lo que ve, Juan escoge la comparación más bella que puede ofrecer la tierra. La Ciudad Santa, dice Juan, se parece a «una novia hermosamente vestida para su prometido».<br />¿Qué cosa es más bella que una novia? Uno de los beneficios adicionales de ser ministro es que me toca dar una ojeada a la novia antes que nadie al ubicarse a la entrada de la nave central. Y debo decir que nunca he visto una novia fea. He visto algunos novios a los que no les vendría mal un retoque o dos, pero nunca ha sido el caso de una novia. 
 
Tal vez sea el aura de blancura que se adhiere a ella como rocío a una rosa. O quizás sean los diamantes que brillan en sus ojos. O posiblemente sea el sonrojo de amor que le pinta las mejillas o el ramillete de promesas que lleva. Sea lo que fuere, uno tiene la sensación al ver a una novia que está viendo la belleza más pura que el mundo pueda ostentar.<br />Una novia. Un compromiso vestido de elegancia. «Estaré contigo para siempre». El mañana trayendo esperanza al día de hoy. Pureza prometida fielmente entregada.
 <br />Cuando usted lee que nuestro hogar celestial es semejante a una novia, dígame: ¿Acaso no le dan ganas de ir a casa? El mundo que encontré al despertar esta mañana no podría ser descrito como una novia hermosamente vestida para su prometido, ¿y el suyo? Una parte del mundo que encontré al despertar estaba sufriendo. Un adolescente se quitó la vida en la oscuridad previa al amanecer. Sin nota. Sin explicación. Sólo quedan una madre y un padre perplejos que serán acosados para siempre por preguntas para las que no tienen respuestas. 
 
Una parte del mundo que encontré al despertar estaba desilusionada. Otro dirigente nacional había sido acusado de deshonestidad. Él pestañeaba tratando de contener las lágrimas y tragaba su enojo en el noticiero de la red de comunicaciones. Una generación atrás, le hubiésemos otorgado el beneficio de la duda. Ya no.
 <br />Una parte del mundo que encontré al despertar esta mañana estaba devastado. Una niña de tres años había sido degollada por su propio padre. Un estudiante de medicina había sido descuartizado y sacrificado por adoradores de Satanás. Uno que había sido esposo durante treinta años se había ido con otro hombre. (No, con una mujer no, con un hombre.) Cuando uno mira este mundo, manchado de sangre inocente y sucio de egoísmo, ¿acaso no le dan ganas de ir a casa? Yo también.El viejo santo nos dice que cuando lleguemos a casa. Dios mismo nos enjugará las lágrimas. 
 
Cuando era joven, tenía bastantes personas para enjugarme las lágrimas. Tenía dos hermanas mayores que se ocupaban de mí. Tenía aproximadamente una docena de tías y tíos. Tenía una madre que trabajaba por las noches como enfermera y de día como madre, ejerciendo ambas profesiones con ternura. Incluso tenía un hermano tres años mayor que yo que ocasionalmente se compadecía de mí.
 <br />Pero cuando pienso en alguien que me enjugaba las lágrimas, pienso en mi papá. Sus manos eran callosas y fuertes, sus dedos cortos y regordetes. Y cuando mi padre secaba una lágrima, parecía secarla para siempre. Había algo en su toque que no sólo quitaba la lágrima de dolor de mi mejilla. También me quitaba el temor.
 <br />Juan dice que algún día Dios le enjugará todas las lágrimas. Las mismas manos que extendieron los délos tocarán sus mejillas. Las mismas manos que formaron las montañas le acariciarán el rostro. Las mismas manos que se retorcieron en agonía al ser traspasadas por el clavo romano algún día le tomarán la cara y le enjugarán toda lágrima. Para siempre.
 <br />Cuando uno piensa en un mundo donde no habrá motivo para llorar, nunca, ¿acaso no le dan ganas de ir a casa? «Ya no habrá muerte», declara Juan. ¿Lo puede imaginar? ¿Un mundo sin coches fúnebres ni morgues, ni cementerios, ni lápidas? ¿Se imagina un mundo donde no se tiren paladas de tierra sobre los féretros? ¿Sin nombres grabados en mármol? ¿Sin funerales? ¿Sin vestidos negros? ¿Sin arreglos florales negros? 
 
Así como uno de los gozos del pastorado es ver a una novia que desciende por la nave central, una de las tristezas es ver un cuerpo dentro de un cajón reluciente frente al pulpito. Nunca resulta sencillo decir adiós. Nunca es fácil partir. La tarea más difícil de este mundo es dar un beso final a unos labios fríos que no pueden responder con un beso. 
 
Lo más difícil de este mundo es decir adiós. En el mundo que ha de venir, Juan dice que nunca se dirá «adiós». Dígame: ¿Acaso no le dan ganas de ir a casa? Las palabras más esperanzadoras de ese pasaje de Apocalipsis son las que expresan el propósito de Dios: «¡Yo lo hago todo nuevo!» 1 Apocalipsis 21.1–5.
 <br />Usted también, pronto estará en casa. Tal vez no lo haya notado, pero está más cerca de casa de lo que jamás haya estado. Cada momento es un paso dado. Cada aliento es una página que se da vuelta. Cada día es un kilómetro registrado, una montaña escalada. Usted está más cerca de casa de lo que jamás haya estado.
 <br />Cuando quiera darse cuenta, será la hora programada de llegada; descenderá por la rampa y entrará a la Ciudad. Verá los rostros que lo están esperando. Escuchará su nombre pronunciado por aquellos que lo aman. Y, hasta es posible, sólo posible que—en el fondo, detrás de las multitudes—Aquel que preferiría morir antes que vivir sin usted levante sus manos traspasadas de entre los dobleces de su túnica celestial y… aplauda.
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                <pubDate>Wed, 29 Feb 2012 09:50:28 -0300</pubDate>
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                    <item>
                <title><![CDATA[La carga de la culpa - @max-lucado]]></title>
                <link>https://sermonescristianos.net/max-lucado/blog/365/la-carga-de-la-culpa</link>
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                <description><![CDATA[

En la base de la cruz hay bolsas. Incontables bolsas llenas de innumerables pecados. El Calvario es un cúmulo de abono por la culpa. ¿Le gustaría dejar allí su bolsa?
Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Salmo 23.3 Un amigo organizó un intercambio de galletitas en Navidad para el personal de la oficina de nuestra iglesia. El plan era sencillo. El valor de la entrada era una bandeja con galletitas hechas en casa. Su bandeja le daba a usted el derecho de sacar galletas de la bandeja de los demás. Podía salir con la misma cantidad de galletas que llevó. 
 
Suena simple si uno sabe cómo cocinar. Pero ¿qué si no puede? ¿Qué si no puede distinguir un sartén de una olla? ¿Qué si, como yo, siente que culinariamente es un desastre? ¿Qué si se siente tan cómodo con un delantal como un profesor de gimnasia en un tutú? Si ese es el caso, tiene un problema. Tal era mi caso, y yo tenía un problema. 
 
No tenía galletas para llevar; en consecuencia no podría participar en el intercambio. Me dejarían afuera, despedido, desechado, eludido y apartado. (¿No siente lástima por mí?) Ese era mi aprieto.Y, perdóneme que lo mencione ahora, pero su aprieto es mucho mayor. Dios está preparando una fiesta … una fiesta como no habrá otra. No una reunión de intercambio de galletas, sino una fiesta. 
 
Nada de risitas necias ni chácharas en la sala de conferencias, sino ojos de asombro y admiración en la sala del trono de Dios. Sí, la lista de invitados es impresionante. ¿Duda que Jonás se haya examinado interiormente en el interior de un pez? Podrá preguntarle personalmente. Pero más impresionante que los nombres de invitados es la naturaleza de los invitados. 
 
Sin egos, nada de luchas por el poder. A la entrada quedarán la culpa, la vergüenza y el pesar. La enfermedad, la muerte y la depresión serán la Plaga Negra de un pasado distante. Lo que ahora vemos a diario, nunca se verá allá. Lo que ahora vemos vagamente, lo veremos claramente. Veremos a Dios. No por la fe. No a través de los ojos de Moisés, Abraham o David.
No por medio de las Escrituras, de las puestas de sol ni del arco iris. No veremos la obra de Dios ni sus palabras, ¡le veremos a Él! Porque Él no es el anfitrión de la fiesta; ¡Él es la fiesta! Su bondad es el banquete. Su voz es la música. Su radiante resplandor es la luz, y su amor es el interminable tema de conversación. Hay sólo una complicación. El precio de admisión es elevado. 
 
Para entrar en la fiesta uno tiene que ser justo. No bueno o decente. No uno que paga sus impuestos y va a la iglesia. Los ciudadanos del cielo deben ser justos. J-U-S-T-O-S. Todos hacemos de vez en cuando lo justo. Unos pocos hacen predominantemente lo justo. Pero, ¿hay alguien entre nosotros que haga siempre lo justo? Según Pablo, «No hay justo, ni aun uno» ( Romanos 3.10 ). 
 
Pablo es inflexible en esto. Incluso llega a decir: «No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» ( Romanos 3.12 ). Quizás alguien tenga otra opinión. «No soy perfecto, Max; pero soy mejor que muchos. He vivido la vida como se debe. No quebranto las leyes. Tampoco quebranto corazones. Ayudo a la gente. Me gusta la gente. 
 
Comparado con otras personas, yo diría que soy justo». Probé ese argumento con mamá. Cuando me decía que mi pieza no estaba limpia, le pedía que fuera conmigo a la pieza de mi hermano. Siempre estaba más desordenada y sucia que la mía: «¿Ves? Mi dormitorio está limpio; mira este». 
 
Nunca me resultó. Me llevaba por el pasillo hasta su habitación. Si de habitaciones limpias se tratara, mi madre era justa. Su ropero estaba bien; su cama estaba bien; su baño estaba verdaderamente bien. En comparación con su habitación, la mía, bueno, estaba bien mal. Me mostraba su habitación y me decía: «Esto es lo que yo entiendo por limpio». Dios hace lo mismo. Señala hacia sí y dice: «Esto es lo que entiendo por justicia». 
 
La justicia es la esencia de Dios.«Por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo» ( 2 Pedro 1.1 ). «Dios es Juez justo» ( Salmo 7.11 ). «Jehová es justo, y ama la justicia» ( Salmo 11.7 ). «Su justicia permanece para siempre» ( Salmo 112.3 ), «hasta lo excelso» ( Salmo 71.19 ). Isaías describe a Dios como «Dios justo y Salvador» ( Isaías 45.21 ). En la víspera de su muerte, Jesús comenzó su oración con las palabras «Padre justo» ( Juan 17.25 ). ¿Entiende el argumento? Dios es justo. 
 
Sus decretos son justos ( Romanos 1.32 ). Su juicio es justo ( Romanos 2.5 ). Sus exigencias son justas ( Romanos 8.4 ). Sus actos son justos ( Daniel 9.16 ). Daniel declara: «Justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras» ( Daniel 9.14 ). Dios nunca se equivoca. Nunca ha tomado una decisión incorrecta, ni ha mostrado una mala actitud, ni ha tomado el sendero equivocado; nada ha dicho de malo y nunca ha actuado en una forma errada. 
 
Nunca se anticipa ni se atrasa; no es demasiado ruidoso ni demasiado suave, precipitado ni lento. Siempre ha sido justo y siempre lo será. Él es justo. Cuando de justicia se trata, Dios domina la mesa de juego sin mucho esfuerzo, como todo un experto. Y cuando de justicia se trata, no sabemos de qué lado tomar la batuta. He aquí, nuestro problema. 
 
¿Pasará Dios, que es justo, la eternidad con los que no lo son? ¿Recibirá Harvard a un niño expulsado de tercer grado? Si lo hiciera sería un acto benevolente, pero no sería justo. Si Dios aceptase al injusto, la invitación sería hermosa, pero ¿sería justo? ¿Sería justo que pasara por alto todos nuestros pecados? ¿O rebajara las normas? No, no sería justo. 
 
Y si Dios es algo, es justo. Dijo a Isaías que la justicia sería su plomada, la norma por la cual mediría su casa ( Isaías 28.17 ). Si somos injustos, se nos deja en el pasillo, sin galletas. O, para usar la analogía de Pablo, «para que … todo el mundo quede bajo el juicio de Dios» ( Romanos 3.19 ).Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Llevar una carga de culpa? Muchos lo hacen; demasiados lo hacen. 
 
¿Y si su carga espiritual fuese visible? Suponga que la carga de nuestros corazones fuese un equipaje de verdad en la calle. ¿Qué se vería más que nada? Maletas llenas de culpa. Bolsas abarrotadas de parrandas, estallidos de ira y componendas. Mire alrededor suyo. ¿Ve al tipo del traje gris de franela? Está arrastrando una década de arrepentimiento. 
 
¿Ve al muchachito del pantalón grandote y un aro en la nariz? Daría cualquier cosa por no haber dicho las palabras que le dijo a la mamá. Pero no puede. Eso lo lleva consigo. ¿Y la mujer en traje de negocios? Tiene el aspecto de una candidata al Senado. Anda necesitada de ayuda, pero no puede darlo a conocer. 
 
No cuando arrastra a dondequiera que va esa carpeta llena de oportunidades que debe explorar.Escuche. El peso del cansancio agota. La confianza en uno mismo lo desvía del camino. Las decepciones lo desalientan. La ansiedad lo fastidia. Pero, ¿la culpa? La culpa lo consume. Entonces, ¿qué hacemos? Nuestro Señor es recto, y nosotros estamos errados. Su fiesta es para los que no tienen culpa, y nosotros somos cualquier cosa, menos eso. ¿Qué podemos hacer? Puedo decirle lo que hice. 
 
Confesé mi necesidad. ¿Recuerda mi dilema de las galletas? Este es el correo electrónico que envié a todo el personal. «No sé cocinar, de modo que no estaré en la fiesta». ¿Se apiadó de mí alguno de los asistentes? No. ¿Se compadeció de mí alguno del personal? No. ¿Tuvo misericordia de mí alguno de la Corte Suprema de Justicia? No. Pero una santa hermana de la iglesia tuvo misericordia de mí. No sé como se enteró de mi problema. 
 
Quizás haya aparecido en alguna lista de oración de emergencia. Pero, sí sé esto. Sólo unos minutos antes de la celebración, me entregaron un regalo: una bandeja de galletas, doce círculos de bondad. En virtud de ese regalo tuve el privilegio de entrar en la fiesta. ¿Fui? Apueste sus galletas a que sí. Como un príncipe que lleva una corona sobre una almohada, llevé mi regalo hasta el salón, lo puse en la mesa y me mantuve erguido. Debido a un alma compasiva que oyó mis ruegos, tuve un lugar a la mesa. Debido a que Dios escucha su ruego, usted tendrá lo mismo. 
 
Sólo que Él hizo más, muchísimo más, que cocinar galletas para usted.Fue al mismo tiempo el momento más hermoso y más terrible de la historia. Jesús estuvo en el tribunal del cielo. Extendió una mano sobre toda la creación, y rogó: «Castigame a mí por sus errores. ¿Ves ese homicida? Dame su castigo. ¿La adúltera? Yo llevaré su vergüenza. ¿El estafador, el mentiroso, el ladrón? Hazme a mí lo que ellos merecen. 
 
Trátame como tratarías a un pecador». Y Dios lo hizo. «Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» ( 1 Pedro 3.18 ).Sí, la justicia es lo que Dios es, y sí la justicia no es lo que nosotros somos, y justicia es lo que Dios exige. Pero Dios «ha manifestado la justicia» ( Romanos 3.21 ) para hacer que la gente esté en buena relación con Él. David lo expresa así:«Me guiará por sendas de justicia» ( Salmo 23.3 ). La senda de justicia es una huella estrecha que sube serpenteando hacia una empinada montaña. En la cumbre hay una cruz. En la base de la cruz hay bolsas. Incontables bolsas llenas de innumerables pecados.El Calvario es un cúmulo de abono por la culpa.<br />  <br /> <br />¿Le gustaría dejar allí su bolsa? Un pensamiento más sobre la fiestecita de las galletas de Navidad. ¿Sabían todos que yo no preparé mis galletas? Si no lo sabían, yo lo dije. Les dije que yo estaba allí en virtud del trabajo de otra persona. Mi única contribución fue mi propia confesión. Nosotros diremos lo mismo por toda la eternidad.
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                <pubDate>Fri, 07 Oct 2011 10:22:34 -0300</pubDate>
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