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        <title><![CDATA[@Watchman Nee - escritos]]></title>
        <description><![CDATA[
Watchman Nee (Nació el 4 de noviembre de 1903 en Fuchow, provincia de Kukien, China.) fue un escritor cristiano chino y líder de la iglesia a comienzos del siglo XX. Fue perseguido por los comunistas chinos pasando los últimos 20 años de su vida en prisión. Junto a otros ministros como Wangzai, Zhou-An Lee, Shang-Jie Song fundó la "Sala de Asambleas de la Iglesia", posteriormente conocida como "Iglesias Locales".Watchman Nee se convirtió al cristianismo en 1920, a la edad de 17 años, y comenzó a escribir el mismo año. En 1921 conoció a la misionera británica Margaret E. Barber, quien fue una gran influencia para él. A través de Barber, Nee conoció numerosas obras de literatura cristiana que influyeron profundamente en su vida y en sus enseñanzas.3 Nee no tuvo estudios teológicos formales, adquirió sus conocimientos mediante el estudio de la Biblia y la lectura de libros cristianos. Durante los 30 años de su ministerio, iniciado en 1922, Nee viajó a través de China fundando iglesias en comunidades rurales y dictó conferencias sobre temas cristianos en Shanghái. En 1952 fue encarcelado a causa de su fe y permaneció en prisión hasta su muerte en 1972.
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        <link>https://sermonescristianos.net/watchman-nee</link>
        <lastBuildDate>Tue, 09 Jun 2026 15:53:06 -0300</lastBuildDate>
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                <title><![CDATA[Hay recursos suficientes en tu corazon - @watchman-nee]]></title>
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Por Watchman Nee
¿Sabes tu que hay recursos suficientes dentro de tu corazón para enfrentar la demanda de toda circunstancia en que te podrías encontrar?
 
¿Sabéis amigos, que el Espíritu dentro de vosotros es Dios mismo? ¡Que nuestros ojos se abran para ver la grandeza del don de Dios! ¡Que podamos descubrir la vastedad de los recursos escondidos en nuestro propio corazón! Yo podría gritar de júbilo al pensar que el Espíritu que mora en mi no es una mera influencia sino una persona viva; ¡que es el mismísimo Dios! ¡El Dios infinito dentro de mi corazón! No se como comunicarles la dicha de este conocimiento, de que el Espíritu Santo que mora en mi corazón es una persona. Solo puedo repetir: es una persona. Oh amigos, me gustaría repetíroslo cien veces: ¡El Espíritu de Dios que mora en mí es una persona! Yo soy solo un vaso de barro, pero dentro de este vaso de barro llevo un tesoro inefable: el mismo Señor de gloria.
<br />
Todo afán y la preocupación de los hijos de Dios cesarían si sus ojos se abrieran para ver la grandeza del tesoro escondido en su corazón.
<br />
¿Sabes tu que hay recursos suficientes dentro de tu corazón para enfrentar la demanda de toda circunstancia en que te podrías encontrar?
<br />
¿Sabes que hay poder suficiente allí para hacer temblar el universo? Permíteme decírtelo otra vez – Y lo digo con la mayor reverencia – tú que has nacido de nuevo, del Espíritu de Dios, ¡tú llevas a Dios en tu corazón!
<br />
Toda la liviandad de los hijos de Dios acabaría también si repararan en la grandeza del tesoro depositado en ellos. Si tienes poco dinero en el bolsillo, puedes andar contento por la calle, conversando libremente en el camino, sin cuidar especialmente tu manera de andar. Importa poco si pierdes tu dinero, porque hay poco en juego. Pero si llevas muchísimo dinero, muy distinta sería la situación y muy distinta toda tu manera de conducirte. Habría gran alegría en tu corazón, pero no caminarías descuidadamente; y, de vez en cuando, irías más lentamente para poner la mano en el bolsillo, palpar de nuevo tu tesoro y proseguir tu marcha con gozosa seriedad.
<br />
En los días del Antiguo Testamento había centenares de carpas en el campamento de Israel, pero había una muy distinta de todas las demás. En las carpas comunes podía uno hacer lo que quería: comer, o ayunar, trabajar o descansar, estar gozoso o sobrio, ruidoso o silencioso. Pero aquella otra carpa imponía reverencia y respeto. Uno podía entrar y salir de las demás carpas conversando en voz alta y riendo libremente, pero al acercarse a aquella carpa especial se caminaba con más seriedad., y al encontrarse frente a ella, el israelita inclinaba la cabeza en solemne silencio. Nadie podía tocar aquella carpa impunemente. Si cualquier hombre o bestia se atrevía a tocarla, la muerte era su pena segura. ¿Qué ocurría con aquella carpa? Era el templo del Dios vivo. En cuanto a la carpa en si, no tenia nada en particular, pues exteriormente era de material común, pero el grande Dios la había elegido para hacerla su morada.
<br />
¿Te das cuenta ahora de lo que sucedió en tu conversión? Dios entró en tu corazón. Y lo hizo su templo. En los días antiguos Dios moraba en un templo hecho de piedras; hoy El mora en un templo compuesto de creyentes vivos. Cuando de veras entendamos que Dios ha hecho de nuestros corazones su morada, ¡Que profunda reverencia inundará nuestras vidas! Toda liviandad, toda frivolidad, y aun todo deseo de agradarnos a nosotros mismos cesará al saber que nosotros somos el templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en nosotros. ¿Te has dado cuenta cabal de que, dondequiera que vayas llevas contigo al Espíritu Santo de Dios? No llevas simplemente tu Biblia contigo, ni siquiera buenas enseñanzas acerca de Dios, sino a Dios mismo.
<br />
La razón porque muchos cristianos no experimentan el poder del Espíritu, aunque El more verdaderamente en su corazón, es la falta de reverencia. Y les falta la reverencia porque sus ojos no se han abierto al hecho de aquella presencia. Es un hecho real, pero no lo han visto. ¿Por qué algunos cristianos viven vidas victoriosas mientras otros viven en constante derrota? La diferencia no se explica por la presencia o ausencia del Espíritu ( porque El mora en el corazón de cada hijo de Dios) sino en esto: en que algunos se han dado cuenta de su presencia y otros no. La verdadera revelación de la presencia del Espíritu revolucionará la vida de cualquier cristiano.
<br />
Tomado del libro “La cruz en la vida cristiana normal”. EDIROTIAL PORTAVOZ.
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                <pubDate>Wed, 24 Oct 2012 09:43:17 -0200</pubDate>
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                <title><![CDATA[Liberarse del pecado - @watchman-nee]]></title>
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                <description><![CDATA[

 Por Watchman Nee 
El camino hacia la victoria consiste en ser librado de la ley del pecado y de la muerte.      	 En el mismo momento en que una persona cree en el Señor Jesús es librada del pecado. No obstante, puede ser que ésta no sea la experiencia común de todos los creyentes. 
 
Son salvos, pertenecen al Señor y poseen vida eterna, pero todavía son asediados por el pecado sin poder servir al Señor como desean.  Para alguien que recién ha creído en el Señor Jesús es una experiencia muy dolorosa ser acosado continuamente por el pecado. Es sensible al pecado y tiene una vida que condena el pecado, pero todavía peca. Esto da como resultado frustración y desánimo.  Muchos cristianos tratan de vencerlo usando sus propios esfuerzos. 
 
Creen que si renuncian a él y rechazan sus tentaciones, serán librados. Algunos luchan constantemente contra éste con la esperanza de vencerlo. Otros piensan que el pecado los ha hecho cautivos y que tienen que emplear todas las fuerzas para librarse de sus ataduras. Pero éstos son pensamientos humanos, no es lo que la Palabra de Dios nos enseña. Ninguno de estos métodos conducen a la victoria. 
 
La Palabra de Dios no dice que luchemos contra el pecado con nuestras propias fuerzas, sino que seremos rescatados del pecado, es decir, puestos en libertad. El pecado es un poder que esclaviza al hombre, y la manera de acabar con éste no es destruyéndolo por nosotros mismos, sino permitiendo que el Señor nos libere de él. El Señor nos salva del pecado anulando  el  poder  que  éste  tiene sobre nosotros. En Romanos 7 y 8 vemos cómo puede lograrse esto. 
 
I. EL PECADO ES UNA LEY (Rom. 7: 15-25).  En los versículos 15 al 20, Pablo usa repetidas veces las expresiones "querer" y "no quiero" y hace mucho énfasis en esto; pero, en los versículos del 21 al 25 hace hincapié en la ley. Estos dos asuntos son la clave de este pasaje.  La ley es algo inmutable e invariable, que no da lugar a excepciones. Su poder es natural, no artificial. Por ejemplo, la gravedad es una ley. 
 
Si lanzamos un objeto al aire, inmediatamente cae al suelo, aunque nosotros no lo tiremos hacia abajo.  Romanos 7 nos muestra que Pablo trataba de librarse del pecado, porque deseaba agradar a Dios. No obstante, al final tuvo que admitir que era vano tomar la determinación de hacer el bien. Esto nos muestra que el camino a la victoria no reside en la voluntad ni en la firmeza del hombre. El deseo está en uno, pero no el hacerlo. Después del versículo 21, Pablo nos muestra que aún permanecía en derrota. Esto se debe a que el pecado es una ley. 
 
En su corazón, él estaba sujeto a la ley de Dios, pero su carne se rendía ante la ley del pecado.  Pablo fue la primera persona en la Biblia que dijo que el pecado era una ley. Este es un descubrimiento de suma importancia. Es una lástima que muchos cristianos aún no se den cuenta de ello. Muchos saben que la gravedad es una ley y que la dilatación de los gases con el calor es otra ley, pero no saben que el pecado es una ley. Así que, detrás de nuestros fracasos hay una ley.  II. LA VOLUNTAD DEL HOMBRE NO PUEDE VENCER LA LEY DEL PECADO. 
 
Después del versículo 21, los ojos de Pablo se abrieron, y pudo ver que su enemigo, el pecado, era una ley. Entonces dijo: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Él comprendió que era imposible prevalecer sobre el pecado usando su voluntad.  ¿Qué es la voluntad? Es lo que el hombre quiere y decide hacer; y está constituida de las opiniones y juicios humanos. 
 
Una vez que la voluntad del hombre se propone hacer algo, lo lleva a cabo. La voluntad del hombre tiene cierto poder; existe fuerza en la voluntad. Pero ahí yace el problema. Cuando la voluntad entra conflicto con la ley del pecado, ¿cuál de los dos prevalece? Por lo general, la voluntad prevalece al principio, pero finalmente gana el pecado. Supongamos que usted sostiene con su mano un libro que pesa un kilo. 
 
Aunque hace lo posible por sostenerlo, la gravedad lo atrae hacia abajo. La acción constante de la ley de gravedad finalmente prevalecerá, y el libro caerá al piso. La gravedad nunca se cansa, pero su mano sí. El libro se ha vuelto más pesado: la ley de gravedad ha triunfado sobre el poder de su mano. 
 
El mismo principio se aplica cuando usted trata de vencer el pecado ejerciendo su voluntad. Esta puede resistir por algún tiempo; pero al final, el poder del pecado vence al poder de su voluntad.  Es fácil ver que el mal genio es un pecado. Después que usted explota, reconoce que actuó mal, y se promete que eso no volverá a suceder. 
 
Ora y recibe el perdón de Dios. Confiesa su pecado a los demás, y su corazón vuelve a tener gozo. Usted cree que no se volverá a enojar. Pero al tiempo, vuelve a enojarse, y así una y otra vez. Esto comprueba que el pecado no es un error fortuito, sino que es algo que ocurre repetidas veces y que lo atormenta continuamente. 
 
Aquellos que mienten siguen mintiendo, y aquellos que pierden la paciencia, la continúan perdiendo. Esta es una ley, y no hay poder humano que pueda vencerla.  Una vez que el Señor nos conceda misericordia y nos muestre que el pecado es una ley, no estaremos lejos de la victoria. Después de que Pablo lo descubrió, comprendió que ninguno de sus métodos funcionaría. 
 
Este fue un gran descubrimiento, una gran revelación para él.  Debemos encontrar el significado de Romanos 7 antes de poder experimentar el capítulo 8. Lo importante no es entender la doctrina de Romanos 8, sino haber salido de Romanos 7. Si uno no ha visto que el pecado es una ley y que la voluntad nunca la puede vencer, se encuentra atrapado en Romanos 7; nunca llegará a Romanos 8.  Puesto que el pecado es una ley, y la voluntad no puede vencerla, ¿cuál es el camino para alcanzar la victoria? 
 
III. LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA NOS LIBRA DE LA LEY DEL PECADO. (Rom. 8:1-2).  El camino hacia la victoria consiste en ser librado de la ley del pecado y de la muerte. Muchos hijos de Dios piensan que es el Espíritu de vida quien los libra del pecado y de la muerte; no ven que es la ley del Espíritu de vida la que los libra de la ley del pecado y de la muerte. Cuando el Señor abre nuestros ojos, vemos que el pecado y la muerte son una ley, y que el Espíritu Santo es también una ley. 
 
Descubrir esto es un gran suceso. Cuando nos damos cuenta de este hecho, saltamos y exclamamos: "¡Gracias a Dios, aleluya!".  No necesitamos querer, ni hacer algo, ni aferrarnos al Espíritu Santo para que esta ley nos libre de la otra ley, ya que el Espíritu del Señor está en nosotros. Si en momentos de tentación tememos que el Espíritu del Señor no operará en nosotros a menos que nos esforcemos en ayudarle, aún no hemos visto el Espíritu de vida como una ley que opera en nosotros. El problema de una ley, sólo puede ser resuelto por otra ley. 
 
La gravedad es una ley que atrae los objetos hacia el suelo. Pero si inflamos un globo de helio, comenzará a elevarse, sin necesidad de que el viento u otra fuerza lo sostenga. Lo que lo lleva a elevarse es una ley, y no necesitamos hacer nada para ayudarle. De la misma manera, la ley del Espíritu de vida elimina la ley del pecado y de la muerte sin ningún esfuerzo nuestro.  Supongamos que alguien lo regaña a usted o lo golpea injustamente. Es posible que usted venza la situación sin siquiera comprender lo que ha sucedido. 
Después de que todo pasa, posiblemente se pregunte cómo es posible que no se enojó a pesar de haber suficiente motivo para hacerlo. ¡Pero asombrosamente usted venció la situación sin darse cuenta! De hecho, las verdaderas victorias se obtienen sin que nos demos cuenta, porque es la ley del Espíritu de vida, no nuestra voluntad, la que actúa y nos sostiene. 
 
Mientras desconfíe de su voluntad y esfuerzo propio, el Espíritu Santo lo conducirá al triunfo. Nuestros fracasos del pasado fueron el resultado de una ley, y las victorias de hoy también son el resultado de una ley. La ley anterior era poderosa, pero la ley que hoy tenemos es más poderosa.  Toda persona que ha sido salva debe saber claramente cómo ser librada. 
 Primero, debemos ver que el pecado es una ley que actúa en nosotros. Si no vemos esto, no podemos proseguir. 
 Segundo, que la voluntad no puede vencer la ley del pecado. 
Tercero, que el Espíritu Santo es una ley, y que esta ley nos libra de la ley del pecado
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                <pubDate>Mon, 28 May 2012 10:39:52 -0300</pubDate>
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                <title><![CDATA[Los tratos de Dios - @watchman-nee]]></title>
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                <description><![CDATA[

Por Watchman Nee<br />(exrtacto del libro la liberación del espíritu)
Cuando atraviesan experiencias difíciles, ¿cuántas veces le permiten realmente al Señor encargarse de la situación?<br /><br /> <br />Cada persona tiene debilidades diferentes o está atada por un asunto en particular. Dios irá eliminando específicamente cada una de esas ataduras. Inclusive, asuntos tan triviales como la comida o el vestido no escaparán de la corrección minuciosa de Dios. Su trabajo es tan detallado que no pasará por alto ni el más mínimo detalle.
 <br />Tal vez seamos atraídos por algo de lo cual no estamos conscientes, pero Dios lo sabe y se encargará de manifestarlo. Solamente cuando El quite todo esto de nosotros, nos sentiremos completamente libres.
Por medio de la obra detallada del Espíritu Santo llegaremos a valorar lo detallada que es Su obra. Aun lo que se nos escapa y ya hemos olvidado, el Señor lo traerá a cuentas; nada se le escapará. Su trabajo es perfecto, y no se detendrá ni quedará satisfecho hasta que satisfaga Sus propios requisitos. Muchas veces Dios nos disciplina por medio de otras personas.
Nos rodea de personas que nos resultan insoportables, o a las cuales envidiamos o menospreciamos. En numerosas ocasiones también utiliza personas que estimamos, para darnos las lecciones que nos hacen falta. Antes de pasar por estas experiencias no podemos ver lo sucios e impuros que somos.
Pensamos que nos hemos consagrado por completo al Señor, pero después de pasar por la disciplina del Espíritu Santo, nos damos cuenta hasta qué grado las cosas externas nos atan y cuánta impureza todavía tenemos.
Otro aspecto de nuestra vida que el Señor toca es nuestro intelecto. Por lo general, nuestros pensamientos son confusos, naturales, independientes e incontrolados. Nos creemos muy astutos, pensamos que todo lo sabemos y que tenemos una mente superior a la de los demás.
 
Entonces el Señor permite que cometamos error tras error y que tropecemos una y otra vez, con el fin de mostrarnos que nuestros pensamientos no son confiables. Una vez que recibamos Su gracia en este respecto, temeremos a nuestros pensamientos como tememos al fuego.
De la misma manera que retiramos la mano del fuego, huiremos de ellos y nos diremos: “No debo pensar así; temo a mis pensamientos”. Otras veces Dios se ocupa de nuestras emociones y hace que pasemos por ciertas situaciones. Algunos hermanos tienen afectos muy activos.
Cuando están contentos dan rienda suelta a su gozo, y cuando están deprimidos no encuentran consuelo. Todo su ser gira en torno a sus emociones. Cuando están tristes, nadie puede alegrarlos; pero cuando están alegres, nada les hace recobrar la sobriedad. Sus afectos los controlan a tal grado que su alegría se vuelve alboroto y su tristeza los arrastra a la pasividad.
Sus emociones son su vida, y son tan manipulados por ellas que las justifican. Es por eso que Dios tiene que intervenir y regularlos por medio de las circunstancias. Les prepara situaciones tales que no se atreven ni a alegrarse ni a deprimirse en exceso. En consecuencia, aprenden a no vivir por sus emociones, sino por la gracia y la misericordia de Dios.
Aunque la debilidad más común de muchos tiene que ver con sus pensamientos y sus emociones, el problema principal de la gran mayoría radica en su voluntad. Las emociones y los pensamientos muchas veces son un problema debido a que la voluntad no ha sido tocada por Dios. En realidad, la raíz del problema reside en la voluntad. Algunos se atreven a decir con mucha facilidad: “Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Pero cuando atraviesan experiencias difíciles, ¿cuántas veces le permiten realmente al Señor encargarse de la situación? Cuanto menos se conocen a sí mismos más fácil se les hace hablar así, y cuanto menos luz divina tienen más capaces se creen de obedecer a Dios sin ningún problema. Los que se jactan sólo muestran que no han pagado el precio del quebrantamiento.
Los que declaran estar muy cerca del Señor, muchas veces son los que se encuentran más alejados de El y más carecen de luz. Sólo después de recibir la disciplina del Señor reconocen cuán necios son y cuán llenos de conceptos están, pues antes siempre se habían creído muy acertados en sus opiniones, sentimientos, métodos, puntos de vista y en sus mismas personas. Veamos cómo el apóstol Pablo obtuvo la gracia de Dios al respecto. Filipenses 3:3 es el versículo que más claramente presenta esto: “No teniendo confianza en la carne”.
Pablo aprendió que la carne no era nada confiable. Tampoco debemos confiar en nuestros propios juicios. Tarde o temprano Dios nos guía a reconocer que nuestros juicios tampoco son dignos de fiar. Dios permitirá que cometamos error tras error hasta que, humillados, confesemos: “Mi vida pasada está llena de errores; mi vida actual también y en el futuro seguramente me seguiré equivocando. Señor, necesito Tu gracia”.
Con frecuencia el Señor permite que nuestros juicios nos acarreen graves consecuencias. Casi siempre que emitimos un juicio sobre algún asunto, resulta equivocado. Aún así, damos nuestra opinión una vez más. En otros casos, el error es tan terrible que no podemos recuperar lo perdido. Finalmente quedamos tan golpeados por nuestros fracasos que cuando se nos pide juzgar otro caso, decimos: “Temo a mis propios juicios como al fuego del infierno, pues mis juicios, mis opiniones y mi conducta están llenos de errores. Señor, tengo la tendencía de cometer errores, pues soy un simple ser humano lleno de equivocaciones.
A menos que Tú tengas misericordia de mí, me lleves de la mano y me guardes, me seguiré equivocando”. Cuando oramos así, nuestro hombre exterior empieza a desmoronarse y no nos atrevemos a confiar en nosotros mismos. Por lo general, nuestros juicios son imprudentes, precipitados y necios. Pero después de que Dios nos quebranta vez tras vez, y después de que pasamos por toda clase de fracasos, diremos humildemente: “Dios, no me atrevo siquiera a pensar ni a tomar decisiones por mi cuenta”. Esto es lo que produce en nosotros la disciplina del Espíritu Santo después de trabajar en nosotros valiéndose de las circunstancias y las personas.
La disciplina del Espíritu Santo es una lección que nunca va a disminuir en nosotros. Tal vez pueda escasear el ministerio de la Palabra u otros medios de gracia, pero el medio principal por el cual recibimos gracia nunca faltará.
La provisión de la palabra puede variar de acuerdo con las limitaciones o con circunstancias diversas, pero no la disciplina del Espíritu Santo, pues las circunstancias en lugar de limitarla, la realzan más.
También es posible que en ocasiones digamos que no tenemos oportunidad de escuchar mensajes, pero nunca podremos decir que no tenemos oportunidad de obedecer la disciplina del Espíritu Santo. Nos puede faltar enseñanza de la palabra, pero no enseñanza del Espíritu Santo, pues éste prepara cada día oportunidades para que recibamos Sus lecciones.
Debemos entender claramente que si rendimos nuestra vida a Dios, El nos dará gracia por un medio más efectivo que la ministración de la palabra, a saber: la disciplina del Espíritu Santo. No debemos pensar que la suministración de la palabra es el único medio para recibir gracia, pues no olvidemos que el canal principal para que fluya la gracia es la disciplina del Espíritu Santo.
Esta es el medio de gracia por excelencia y no sólo está disponible para los más cultos, perspicaces o sobresalientes, pues no hace acepción de personas ni favorece a nadie en particular.
Todo hijo de Dios que se ha entregado incondicionalmente al Señor, es objeto de la disciplina del Espíritu Santo. Por medio de tal disciplina, aprendemos muchas lecciones prácticas.<br />No debemos pensar que es suficiente tener el ministerio de la palabra, la gracia de la oración, la comunión con otros creyentes y los demás medios de gracia, pues ninguno de ellos puede reemplazar la disciplina del Espíritu Santo.
Esto se debe a que necesitamos no sólo que algo sea edificado, sino también que algo sea derribado, a saber: todo lo que hay en nosotros que no pertenece a la esfera de la eternidad.
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                <pubDate>Wed, 28 Mar 2012 08:54:44 -0300</pubDate>
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                <title><![CDATA[Y a Pedro... - @watchman-nee]]></title>
                <link>https://sermonescristianos.net/watchman-nee/blog/429/y-a-pedro</link>
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El evangelio de Marcos registra que, después de la resurrección del Señor, un ángel les dijo a algunas mujeres que les contasen a los discípulos del Señor y a Pedro lo que había sucedido. ¡Oh! “Y a Pedro”. Esto llena nuestros ojos de lágrimas. Marcos 16:7<br /><br /> <br />¿Por qué El no dijo: “Decid a los discípulos y a Juan?” (Juan era el discípulo amado del Señor). ¿Por qué no dijo:”Decid a mis discípulos y a Tomás?” Tomás dudaba de la resurrección del Señor).
El ángel no mencionó a los mejores discípulos, o a los más necesitados, sino que específicamente a Pedro. ¿Por qué? ¿Pedro tenia algo tan diferente de los demás?
Pedro había cometido un gran pecado tres días antes de este acontecimiento, un pecado tan grande que impidió que El Señor pudiese confesarlo delante de los ángeles de Dios (Lc. 12:9).
Pedro no confesó al Señor delante de los hombres, ni siquiera delante de una humilde criada. Sin embargo El Señor quería que fuesen a decirles a sus discípulos y a pedro acerca de su resurrección. “Y a Pedro”. ¡Cuan profundo es el significado de estas palabras!
Si algunos hermanos y hermanas tuviesen tales experiencias como las de Pedro pensarían: “¡Oh! ¡Yo soy Pedro! He caído. Lo que hice no es un pecado común. Temo que nunca podré acercarme al Señor. Sospecho que El Señor ya me abandonó y, de ahora en adelante, cada vez que El tenga una tarea importante, nunca más me la encargara a mí.
Nunca más seré capas de tener experiencias especiales como aquellas que tuve con el Señor en al monte de la transfiguración. No podré ser el compañero del Señor en el Getsemaní. Cuando confesé el deseo de morir por el Señor, El dijo: “Antes que haya cantado el gallo, me negaras tres veces.
En aquel instante, pensé que el Señor había entendido mal. Cuando él fue preso, le corte la oreja a un hombre con la espada, pensando que podía amar al Señor valientemente. ¡Quien hubiera pensado que incluso yo podía tropezar!<br />No tropecé delante de un sumo sacerdote, ni de alguien con gran autoridad, ni caí delante de Pilatos que tenía tanto poder. ¡Caí justamente delante de una pregunta hecha por una criada! Negué al Señor una vez, y otra vez; y finalmente comencé a maldecir y a jurar negando al Señor”.
“Una vez confesé que El era el Cristo y que era El hijo de Dios. Dije: “Tú tienes la vida eterna. ¿A quién iremos?”<br />No obstante, justamente cuando vi al Señor listo para ser crucificado, caí. Cometí el pecado más grande: lo negué. Aunque haya llorado y me haya arrepentido, no sé como se sintió el Señor conmigo. Aquel día, cuando lo negué, habría sido mejor que El no lo supiera.
¡Sin embargo, exactamente cuando lo negué, El se volvió a mí y me miró; eso indica que El ya lo sabía! ¿Qué haré ahora? Nunca más me atreveré a ir a El. Aunque El me ame, no tendré la osadía de acercarme a El, pues hay un pecado que nos separa. Probablemente, nunca más podré acercarme a El.
“Pero el Señor resucitó. Aquellas mujeres me trajeron el mensaje que El, clara y específicamente, había mandado para mí. ¡Ho! ¡Aún habiendo negado al Señor por tres veces El no menciono a otro en particular; sino que a mí, y en forma especial, como si yo fuese el único de quién se acordaba. “¡Y a Pedro”! ¡Y a Pedro!” 
¡Esta es, en verdad, la música más agradable del mundo, y la más maravillosa buena nueva! Si el Señor les hubiese pedido a las mujeres que solamente les hablasen a los discípulos, había pensado que alguien como yo no era digno de ser Su discípulo, y habría dejado de serlo.
No habría tenido la osadía de ir a verlo. Pero el Señor dijo: “Y a Pedro”. Eso me demostró que aún El me quería. A pesar de no tener fuerzas, “y a Pedro” me animó para ir a verlo. El mensaje traído por las mujeres era verdadero.<br />El Señor hizo que el ángel mencionara específicamente mi nombre. El no me había abandonado. Aún puedo acercarme a El. ¡He de levantarme para ir a verlo!”.
¡Oh! Este era un pedro que había caído, un Pedro que había pecado y un Pedro que había negado al Señor. Sin embargo, el Señor lo había mencionado específicamente. ¡Este es el Evangelio! Hermano:<br />¿Usted sabía que una vez que es el Señor lo salvó, usted es salvo para siempre? 1 Juan 5:13- San Juan 5:24-; 6:47-; 10:27-29-; Romanos 10:38, 39; Efesios 1:7; etc.…
Aunque usted esté desanimado, el Señor jamás estará desanimado. A pesar que usted peque y esté perturbado es volverse a el, a Su lado, no hay ni siquiera una razón para no volver. ¿Por qué usted insiste en recordar su falla, siendo que el Señor ya no se importa con ella? El Señor sacará el velo de su rostro hoy, así usted no tendrá más miedo de El, ni vacilará en acercarse a El.
Seguramente Pedro aún se acordaba que cierta vez le había dicho al Señor: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mt. 26:33).<br />Puede ser que también recordase que, junto al lago de Genesaret, cuando vio la gloria del Señor, dijera: “…Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc. 5:8). Ahora, sin embargo, conocía su condición y ¿cómo se atrevería ir al Señor? Era posible que él aún recordara del pedido del señor:
“¿Así que no habéis podido velar con migo una hora?” Posiblemente permanecía en sus oídos el mandamiento de Señor: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mt. 26:40_41). De cualquier modo, su condición estaba lejos de la exigencia del Señor.<br />¿Cómo podría atreverse ir a ver al Señor? Sin embargo, él fue a ver al Señor. Por esa palabra “y a Pedro” él tuvo la osadía de ir a verlo.
Hermano, si usted conociese la intención de la palabra “y a Pedro”, ¿Podría permanecer lejos y no volverse al Señor? Si conociese el significado profundo da la palabra “y a Pedro”, no restaría otra cosa a hacer, sino acercarse al Señor.<br />¿Qué libro entre los cuatro evangelios registra este evento de tal forma? Solamente el evangelio de Marcos.
Marcos era un joven que siguió a Pedro y aprendió mucho de él. Podemos decir que el evangelio de Marcos fue dictado por pedro y escrito por Marcos.<br />La frase: “Decid a los discípulos, y a Pedro”, fue especialmente registrada por Pedro. Esta palabra puede ser que no haya sido importante para los demás, pero sí, fue muy importante en el corazón de Pedro.
Cuando el Espíritu Santo escribió la Biblia, especialmente nos mostró que las pocas palabras que parecían ser insignificante para Mateo, Lucas y Juan, eran inolvidables e importantes para Pedro, que narró el evangelio de Marcos.<br />“Y a Pedro” tenía un significado especial para él. En todo tiempo el recuerdo de estas palabras era dulce. La palabra de gracias es especialmente memorable para aquel que recibió la gracia.
Hermanos y hermanas, cuando recordamos al Señor Al partir el pan, ¿Hay alguien que cuyo corazón aún está con miedo de Dios? ¿O hay algún pecado que lo separa de Dios? Ya lloramos amargamente, nos arrepentimos y confesamos aquello que hicimos que no era digno del Señor.
Ahora ¿osamos decirle al Señor: “Señor me acerco a ti”? Solo considere: Por amor a usted El voluntariamente fue a la cruz; ahora ¿El dejará de amarlo sólo porque usted falló, tropezó y cayó? Su amor, con aquel que lo amó en la cruz,<br />¿Disminuyó? Para usted, hoy, es fácil no amarlo, no acercarse a El, ni volverse a El; pero, ¿será que para El es posible no amarlo, olvidarlo y abandonarlo? Pedro estaba cayado porque había tropezado, pero el Señor no se olvidó de él.<br />Así, si usted no tiene fuerzas para ir delante de Señor, sólo tenga el deseo de creer en Su Palabra. El podrá darle fuerzas para ir hasta El. Si usted tropieza, El puede levantarlo. Aunque parezca que nunca más podrá acercarse al Señor nuevamente, si usted pide en la fe, y se recuerda la palabra”y a Pedro”, usted será capaz de acercarse a El. Cuando queremos acercarnos al Señor, aunque haya una gran distancia y sintamos que no tenemos fuerzas para ir hasta El, debemos recordar de la palabra “y a Pedro”.
Era de Pedro, quien había tropezado, que el Señor se recordaba más. A pesar de que Pedro no tuvo la osadía de ir hasta el Señor, Su corazón lo atrajo para sí, Haciendo que no se escondiese del Señor, No entendamos mal el corazón del Señor. Usted puede oír una voz diciendo: “Y a Pedro”.<br />Sepa que el Señor no lo abandonó. El Señor no abandonó a Pedro, y el Señor tampoco lo ha abandonado a usted. “Y a pedro” también significa “Y a usted”.Usted que falló como Pedro.
Que todos nosotros veamos que tipo de corazón tiene el Señor para con nosotros. ¡Si usted viese el corazón del Señor, no haría nada sino correr hacia El!
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                <pubDate>Fri, 09 Mar 2012 09:42:29 -0300</pubDate>
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                <title><![CDATA[Victoria en la alabanza - @watchman-nee]]></title>
                <link>https://sermonescristianos.net/watchman-nee/blog/414/victoria-en-la-alabanza</link>
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                <description><![CDATA[

 
La oración representa guerra espiritual, pero la alabanza constituye victoria espiritual. Siempre que alabamos, Satanás huye; por eso, él detesta nuestras alabanzas. Hemos visto que nuestra alabanza representa un sacrificio, pero implica mucho más. Debemos ver que la alabanza es la manera de superar los ataques espirituales. Son muchos los que saben que Satanás teme a las oraciones que hacen los hijos de Dios; Satanás huye cuando los hijos de Dios doblan sus rodillas para orar. Por esta causa él los ataca con frecuencia para impedirles que oren.
Si bien esto sucede con frecuencia, quisiéramos hacer notar otro hecho: los ataques más serios de Satanás no están orientados a detener las oraciones; sus ataques más feroces están dirigidos a impedir las alabanzas. No queremos decir que Satanás no se esfuerce por impedir las oraciones, pues sabemos que en cuanto un cristiano comienza a orar, es atacado por Satanás. A muchos nos resulta fácil entablar una conversación con otras personas pero, en cuanto comenzamos a orar, Satanás interviene ocasionando impedimentos a la oración. Él es quien nos hace sentir que es difícil orar. 
 
Si bien esto es cierto, Satanás no solamente procura impedir las oraciones de los hijos de Dios, sino también sus alabanzas. Su meta suprema consiste en impedir que Dios sea alabado. La oración es una batalla, pero la alabanza es una victoria. La oración representa guerra espiritual, pero la alabanza constituye victoria espiritual. Siempre que alabamos, Satanás huye; por eso, él detesta nuestras alabanzas.
 
Él hará uso de todos sus recursos a fin de impedir que alabemos a Dios. Los hijos de Dios son insensatos si cesan de alabar a Dios cuando enfrentan adversidades y se sienten oprimidos. Pero a medida que conocen mejor a Dios, descubrirán que aún una celda en Filipos puede ser un lugar para entonar cánticos (Hch. 16:25). Pablo y Silas alababan a Dios desde su celda. Sus alabanzas causaron que se abrieran todas las puertas de la cárcel en la cual se encontraban.
 <br />Hechos menciona dos instancias en que las puertas de la cárcel fueron abiertas. En una ocasión fueron abiertas a Pedro, y en otra, a Pablo. En el caso de Pedro, la iglesia oraba fervientemente por él cuando un ángel le abrió las puertas de la prisión en que estaba y lo liberó (12:3-12). En el caso de Pablo, él y Silas estaban cantando himnos de alabanza a Dios cuando todas las puertas se abrieron y las cadenas fueron rotas. 
 
En ese día, el carcelero creyó en el Señor, y toda su casa fue salva en medio de gran júbilo (16:19-34). Pablo y Silas ofrecieron sacrificio de alabanza cuando estaban en la cárcel. Sus heridas aún no habían sido curadas, su dolor no había sido mitigado, sus pies seguían sujetos al cepo y estaban confinados a un calabozo del Imperio Romano. ¿Qué motivo había para sentirse gozosos? ¿Qué razón había para sentirse inspirados a cantar? Sin embargo, en ese calabozo se encontraban dos personas de espíritus transcendentes, que lo habían superado todo. 
 
Ellos entendían que Dios aún estaba sentado en los cielos y permanecía inmutable. Si bien era posible que ellos mismos cambiaran, que su entorno mudara, que sus sentimientos fluctuaran y que sus cuerpos sintieran dolor, aun así, Dios permanecía sentado en el trono. Él seguía siendo digno de recibir alabanza. Nuestros hermanos, Pablo y Silas, estaban orando, cantando y alabando a Dios. Esta clase de alabanza, que se produce como resultado del dolor y la aflicción, constituye un sacrificio de alabanza. Tal alabanza constituye una victoria.
 
Al orar, todavía estamos inmersos en nuestra situación. Pero al alabar, nos remontamos por encima de nuestras circunstancias. Mientras uno ora y ruega, todavía sigue atado a sus problemas; no logra librarse de ellos. Inclusive, cuanto más súplicas elevamos, más maniatados y oprimidos nos sentimos. Pero si Dios nos lleva a remontarnos por encima de la cárcel, las cadenas, las dolorosas heridas del cuerpo, los sufrimientos y la pena, entonces, ofreceremos alabanzas a Su nombre. Pablo y Silas estaban entonando himnos; ellos cantaban alabanzas a Dios. Dios los llevó a un punto en que la cárcel, la pena y el dolor dejaron de ser un problema para ellos. Así que, ellos podían alabar a Dios. Al alabarle así, las puertas de la prisión se abrieron, las cadenas se soltaron y aun el carcelero fue salvo.
 <br />En muchas ocasiones, la alabanza es eficaz cuando la oración no ha dado resultado. Éste es un principio fundamental. Si usted no puede orar, ¿por qué no alabar? Después de todo, el Señor ha puesto en nuestras manos este otro recurso a fin de darnos la victoria y permitir que nos gloriemos triunfalmente. Cuando le falten fuerzas para orar y su espíritu se sienta muy oprimido, lastimado o decaído, alabe a Dios. Si no puede orar, trate de alabar. Siempre pensamos que se debe orar cuando la carga es abrumadora, y que debemos alabar cuando ella ha sido quitada de nuestros hombros. Sin embargo, le ruego tome en cuenta que a veces la carga es tan pesada que uno es incapaz de orar.
 <br /><br />   Es en ese momento en que usted debe alabar. No es que alabemos a Dios porque no tengamos ninguna carga sobre nuestros hombros; más bien, le alabamos debido a que las cargas nos abruman sobremanera. Si se enfrenta a situaciones y problemas extraordinarios, se encuentra perplejo y siente que se desmorona, tan solo recuerde una cosa: “¿Por qué no alabar?”. He aquí una brillante oportunidad: si ofrece una alabanza en ese momento, el Espíritu de Dios habrá de operar en usted, abrirá todas las puertas y romperá todas las cadenas.Debemos aprender a cultivar este espíritu elevado, un espíritu que vence cualquier ataque. Puede ser que la oración no siempre nos conduzca al trono, pero con seguridad la alabanza nos llevará ante el trono en todo momento. 
 
Es posible que por medio de la oración no siempre logremos vencer, pero la alabanza nunca falla. Los hijos de Dios deben abrir sus bocas para alabar al Señor, no sólo cuando se encuentren libres de problemas, aflicciones, sufrimientos y dificultades, sino, aun más, cuando se vean en tales problemas y aflicciones. Cuando alguien que se encuentra en tales situaciones yergue su cabeza para decir: “Señor, te alabo”, puede que sus ojos estén llenos de lagrimas, pero su boca rebosará de alabanzas. Es posible que su corazón esté angustiado; no obstante, su espíritu seguirá alabando. Su espíritu se remontará tan alto como se eleve su alabanza; él mismo ascenderá junto con sus alabanzas. Aquellos que murmuran son insensatos. Cuanto más murmuran, más quedan sepultados bajo sus propias murmuraciones. 
 
Mientras más se quejan, más se hunden en sus propias lamentaciones. Cuanto más se dejan vencer por sus problemas, más desalentados se encuentran. Muchos parecen ser un poco más osados y oran cuando se ven en problemas. Se esfuerzan y luchan por superar sus problemas. A pesar de sentirse agobiados por sus circunstancias y aflicciones, no están dispuestos a ser sepultados por ellas y tratan de escapar por medio de la oración; y con frecuencia logran su liberación. Pero también sucede que a veces sus oraciones no hacen ningún efecto. Nada parece ser capaz de libertarlos, hasta que empiezan a alabar. Deben elevar en calidad de ofrenda el sacrificio de alabanza. Es decir, deben considerar la alabanza como un sacrificio que se eleva a Dios. Si se colocan en una posición tan ventajosa como esa, de inmediato superarán cualquier dificultad y no habrá problema que pueda abrumarlos. A veces, usted sentirá que algo lo oprime; sin embargo, tan pronto empiece a alabar, saldrá de su depresión.
 
Leamos 2 Crónicas 20:20-22: “Se levantaron por la mañana y salieron al desierto de Tecoa. Y mientras ellos salían, Josafat, estando en pie, dijo: Oídme, Judá y moradores de Jerusalén. Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a Sus profetas, y seréis prosperados. Y habiendo consultado con el pueblo, puso a algunos que cantasen a Jehová y que alabasen, en vestiduras santas, mientras salía delante del ejército, y que dijesen: Dad gracias a Jehová, porque Su benignidad es para siempre.
 <br />Y cuando comenzaron a entonar cantos y alabanzas, Jehová puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y del monte de Seir, que venían contra Judá, y fueron derribados”. Ésta es la descripción de una batalla. En la época en que gobernaba Josafat, la nación de Judá estaba a punto de ser extinguida; se encontraba en un estado de debilidad y caos. 
 
Los moabitas, los amonitas y los del monte de Seir, se habían propuesto invadir el territorio de Judá. La nación de Judá estaba sobrecogida por una desesperación total; su derrota era inminente. Josafat era un rey que había sido reavivado por Dios y le temía. Por supuesto, ninguno de los reyes de Judá había sido perfecto; sin embargo, Josafat era una persona que buscaba a Dios. Él exhortó a la nación de Judá a confiar en Dios. ¿Qué fue lo que hizo? Él designó cantores para que entonaran alabanzas a Jehová. También, les pidió que alabasen en vestiduras santas y que salieran delante del ejército, diciendo: “Dad gracias a Jehová, porque Su benignidad es para siempre”. 
 
Por favor, ponga atención a las palabras “y cuando comenzaron”, que aparecen a continuación en el versículo 22, las cuales son muy preciosas. “Y cuando comenzaron a entonar cantos y alabanzas, Jehová puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y del monte de Seir”. Y cuando comenzaron quiere decir en ese preciso momento. Cuando todos cantaban alabanzas a Jehová, Él respondió derribando a los amonitas, moabitas y a los del monte de Seir. 
 
No hay nada que haga mover tan rápidamente la mano del Señor como la alabanza. La oración no es la manera más rápida de hacer que la mano del Señor se mueva, sino la alabanza. Les ruego que no me malinterpreten y lleguen a pensar que no debemos orar. Debemos orar todos los días; sin embargo, hay muchas cosas que sólo podemos vencer por medio de la alabanza.
 <br />Aquí vemos que la victoria espiritual no depende de la batalla que libremos, sino de la alabanza que elevemos a Dios. Debemos aprender a vencer a Satanás por medio de nuestras alabanzas. No sólo vencemos a Satanás por medio de la oración, sino también por medio de la alabanza. Muchas personas han tomado conciencia tanto de la ferocidad de Satanás como de sus propias flaquezas, de modo que resuelven luchar y orar. 
 
No obstante, aquí nos encontramos con un principio muy singular, a saber: la victoria espiritual no la determina la oración, sino la alabanza. Con frecuencia, los hijos de Dios caen en la tentación de llegar a pensar que sus problemas son muy complicados y que, por tanto, deben encontrar la manera de resolverlos. Así pues, concentran todos sus esfuerzos en buscar la manera de superar tales problemas. Sin embargo, cuanto más se empeñan en tal búsqueda, les resulta más difícil vencer. 
 
Al hacer esto, nos rebajamos al nivel de Satanás. En tales casos, ambos intervienen en la batalla; desde un extremo lucha Satanás, y nosotros nos encontramos en el extremo opuesto. Es difícil lograr alguna victoria si estamos en tal posición. Pero 2 Crónicas 20 nos muestra una escena muy diferente. En un extremo estaba el ejército, y en el otro estaban aquellos que entonaban himnos, los cuales, o tenían mucha fe en Dios o estaban locos. Gracias a Dios, nosotros no somos un pueblo desquiciado; somos personas que tienen fe en Dios.
 <br />Son muchos los hijos de Dios que padecen tribulaciones; ellos son probados con frecuencia. Cuando tales tribulaciones llegan a ser muy severas y el combate arrecia, tales cristianos se encuentran en una posición parecida a la de Josafat, pues no se vislumbra solución alguna para sus problemas. Una de las fuerzas combatientes es muy potente, y la otra demasiado endeble; no existe comparación entre ambas. 
 
Están atrapados en un torbellino, pues sus problemas son tan serios que superan todas sus capacidades. En esos momentos, es muy fácil que ellos se concentren en sus problemas y fijen su mirada en sus propias dificultades. Cuanto más tribulaciones padece una persona, más probabilidades tiene de dejarse agobiar por sus problemas, lo cual se convierte en un período de prueba muy intenso. 
 
Tal persona es sometida a la prueba más severa cuando se fija en ella misma o en sus circunstancias; cuanto más pruebas una persona padece, más propensa es a mirarse a sí misma o sus circunstancias. En cambio, aquellos que conocen a Dios experimentan que, cuanto más pruebas padecen, más confían en Dios. Cuanto más pruebas estas personas padecen, más aprenden a alabar. Así que, no debemos mirarnos a nosotros mismos, sino que debemos aprender a fijar nuestros ojos en el Señor. Debemos erguir nuestras cabezas y decirle al Señor: “¡Tú estás por sobre todas las cosas; alabado seas!”.
 <br />Las alabanzas más entusiastas, que provienen del corazón y que fluyen de aquellos cuyos sentimientos han sido heridos, constituyen los sacrificios de alabanza agradables y aceptables para Dios. Una vez que nuestro sacrificio de alabanza asciende a Dios, el enemigo, Satanás, es vencido por medio de la alabanza. El sacrificio de alabanza tiene mucha eficacia delante de Dios. Permita que sus alabanzas más sublimes broten para Dios, y con toda certeza será capaz de resistir y vencer al enemigo. Al alabar, ¡encontrará que el camino a la victoria se abre delante de usted!
 <br />Los nuevos creyentes no debieran pensar que necesitan muchos años para aprender a alabar. Al contrario, debieran saber que pueden empezar a alabar inmediatamente. Cada vez que enfrenten algún problema, deben orar pidiendo la misericordia necesaria para detener sus propias manipulaciones y complots, así como deben aprender la lección en cuanto a la alabanza. Se pueden ganar muchas batallas por medio de la alabanza, y muchas se pierden debido a que nuestras alabanzas están ausentes. Si uno cree en Dios, al enfrentar sus problemas podrá decirle: “¡Yo alabo Tu nombre. Tú estás por encima de todas las cosas. Tú eres más fuerte que todo. Tu benignidad es para siempre!”. Una persona que alaba a Dios supera todas las cosas, vence constantemente en todo orden de cosas por medio de su alabanza. Éste es un principio y constituye, además, un hecho.
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                <pubDate>Wed, 01 Feb 2012 10:37:00 -0200</pubDate>
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                    <item>
                <title><![CDATA[La tierra controla el cielo - @watchman-nee]]></title>
                <link>https://sermonescristianos.net/watchman-nee/blog/400/la-tierra-controla-el-cielo</link>
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                <description><![CDATA[

Atar o desatar todo lo que debe ser atado o desatado, debe tener su origen en la tierra. La acción de la tierra precede a la acción del cielo.<br /><br />   En Mateo 18:18 el Señor dice: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo”. ¿Qué es lo que caracteriza este versículo? Lo especial es que debe haber una acción en la tierra antes de que algo ocurra en el cielo. No es el cielo el que ata primero, sino la tierra, y no es el cielo el que desata primero, sino la tierra. Una vez que la tierra ata, el cielo ata, y una vez que la tierra desata, el cielo desata.
La acción del cielo es dirigida por la acción de la tierra. Todo lo que se opone a Dios debe ser atado, y todo lo que está en armonía con El debe ser desatado. Atar o desatar todo lo que debe ser atado o desatado, debe tener su origen en la tierra. La acción de la tierra precede a la acción del cielo. La tierra dirige al cielo.
Algunos casos del Antiguo Testamento nos muestran que la tierra dirige al cielo. Cuando Moisés en la cumbre del monte alzaba sus manos, los israelitas prevalecían; pero cada vez que las bajaba, prevalecían los amalecitas (Ex. 17:9-11). ¿Quién determinaba la victoria de la batalla que se libraba al pie del monte, Dios o Moisés? Hermanos y hermanas, debemos ver cuál es el principio de la obra de Dios y la clave de Su acción: Dios no puede hacer lo que El quiere a menos que el hombre lo desee. No podemos hacer que Dios haga lo que no quiere hacer, pero sí podemos impedirle que haga lo que desea. En el cielo, la victoria fue decidida por Dios, pero delante de los hombres fue decidida por Moisés. En el cielo, ciertamente Dios quería que los israelitas ganaran, pero en la tierra, si Moisés no hubiese alzado sus manos, los israelitas habrían sido derrotados. Cuando él alzaba las manos, los israelitas prevalecían. La tierra dirige al cielo.
Ezequiel 36:37 dice: “Así ha dicho Jehová el Señor: Aún seré solicitado por la casa de Israel, para hacerles esto; multiplicaré los hombres como se multiplican los rebaños”. Dios tiene el propósito de aumentar el número de los israelitas para que se multipliquen como los rebaños. Los que no conocen a Dios dirán: “Si Dios quiere multiplicar el número de los israelitas como un rebaño, El simplemente puede hacerlo. ¿Quién puede impedírselo?” Pero este versículo dice que a Dios se le debe solicitar esto antes de que El lo realice. Este es un principio claro: aunque Dios decide sobre un asunto, no lo hará inmediatamente. El aumentaría la casa de Israel solamente cuando ellos lo solicitaran. El quiere que la tierra dirija el cielo.
Isaías 45:11 es bastante peculiar; dice: “Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos”. Hermanos y hermanas, ¿no les parece esto muy peculiar? Dios dice que podemos mandarle con respecto a Sus hijos y a la obra de Sus manos. Nos daría temor emplear la palabra “mandar”. ¿Como puede un hombre mandar a Dios? Todos los que conocen a Dios saben que el hombre no debe ser arrogante delante de El. Sin embargo, El mismo dice: “Mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos”. Aquí se ve que la tierra dirige al cielo. Esto no implica que podemos forzar a Dios a que haga lo que no quiere hacer, sino que podemos mandarle que haga lo que El quiere hacer. Esta es nuestra posición. Una vez que sabemos cuál es la voluntad de Dios, podemos decirle: “Dios, queremos que Tú hagas esto. Estamos decididos a que lo hagas. Dios, debes hacerlo”. Sí, se pueden expresar oraciones firmes y poderosas delante de Dios.<br /><br />   Debemos pedirle que nos abra los ojos para que veamos la clase de obra que El está haciendo en esta era. Durante esta edad toda Su obra se basa en dicha posición. Es posible que el cielo quiera lograr algo, pero no lo hará independientemente; el cielo espera que la tierra actúe primero, y luego actúa. Aunque la tierra está en segundo lugar, también le corresponde el primero. El cielo sólo se moverá después de que la tierra se haya movido. Dios quiere que la tierra mueva al cielo
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                <pubDate>Wed, 21 Dec 2011 11:05:06 -0200</pubDate>
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                    <item>
                <title><![CDATA[Llave de la oracion parte 1 - @watchman-nee]]></title>
                <link>https://sermonescristianos.net/watchman-nee/blog/384/llave-de-la-oracion-parte-1</link>
                <guid>https://sermonescristianos.net/watchman-nee/blog/384</guid>
                <description><![CDATA[

Después que una persona ha descubierto la clave, puede hacer las cosas dos veces más rápido que los demás, mientras que aquellos que no la tienen, se esfuerzan en vano.<br /> <br />    Lectura: Mt. 7:8; Is. 62:6-7<br />La oración es un asunto de gran importancia en la vida espiritual del creyente. Todo cristiano genuino es consciente de esto y por eso ora. Sin embargo, aunque algunos hijos de Dios pasan tiempo orando por numerosos asuntos, sus oraciones no parecen tener mucho efecto. Es como si no hubiesen encontrado la manera correcta de orar. Esto se debe a que aún no han descubierto la llave de la oración.
 <br />En todo lo que hagamos, primero debemos hallar la clave para hacerlo. Si queremos entrar a un cuarto y la puerta está con seguro, no podremos entrar, a menos que tengamos la llave. Supongamos que se necesitan dos personas para meter una mesa en un cuarto. Algunas pueden hacerlo sin ningún problema; otras tal vez lo hagan torpemente, tropezándose y golpeando la mesa, haciendo un enorme esfuerzo por pasar la mesa a través de la puerta.
 
Aunque el tamaño de la mesa y el ancho de la puerta sea el mismo en ambos casos, la diferencia radica en las personas que cargan la mesa. Algunos tienen la clave o el secreto para cargar la mesa, otros no. Los primeros son personas que han encontrado la clave para hacer bien las cosas; son trabajadores aptos. Después que una persona ha descubierto la clave, puede hacer las cosas dos veces más rápido que los demás, mientras que aquellos que no la tienen, se esfuerzan en vano.
 <br />Este mismo principio se aplica a la oración. Mateo 7 habla de los principios relacionados con la oración, uno de los cuales es: "El que busca, halla" (v. 8). Buscar requiere un esfuerzo. Todo el que busca sin interés ni seriedad, no hallará nada. Buscar implica tener paciencia y perseverancia, y a menos que seamos minuciosos, no hallaremos lo que buscamos.
 <br />Cada vez que Dios no responda a nuestras oraciones, debemos ser pacientes y buscar diligentemente la llave de la oración. En el pasado, Dios respondió las oraciones de muchos santos porque poseían la llave de la oración. Si leemos la biografía de George Müller, quien fundó un gran número de orfanatos, podemos ver que él era un hombre de oración; durante toda su vida siempre recibía respuestas a sus oraciones.
 <br />George Müller había descubierto la llave. Muchos creyentes sinceros hacen oraciones largas y elaboradas, pero no reciben respuestas de parte de Dios. En la oración, las palabras son indispensables, pero nuestras palabras deben ir al grano; deben ser palabras que toquen el corazón de Dios y lo conmuevan de tal forma que no tenga más alternativa que conceder nuestras peticiones. Las palabras específicas son la llave de la oración, pues concuerdan con la voluntad de Dios, y El no puede evitar responderlas. Veamos la llave de la oración en algunos ejemplos de las Escrituras.
 <br />LA ORACION DE ABRAHAM POR SODOMA (GENESIS 18:16-33)<br />Cuando Dios le comunicó a Abraham que estaba a punto de ejecutar Su juicio sobre Sodoma y Gomorra, por la maldad de dichas ciudades, Abraham esperó delante de El. Luego comenzó a orar por Sodoma. El no se limitó a decir: "¡Oh Dios, ten misericordia de Sodoma y de Gomorra!" Tampoco le suplicó a Dios con gran vehemencia, diciendo: "¡Prohibe que Sodoma y Gomorra sean destruidas!" Abraham se aferraba al hecho de que Dios es un Dios justo (Gn. 18:25); ésa era la llave de su oración. En profunda humildad y con gran sinceridad, procedió a hacerle una serie de preguntas a Dios. Sus preguntas fueron sus oraciones. A medida que oraba, permaneció firme sobre la base de la justicia de Dios.
 
Finalmente dijo: "No se enoje ahora mi Señor, si hablare solamente una vez: quizá se hallarán allí diez" (v. 32). Después de esto, no continuó haciendo más peticiones. Después de que Dios le respondió, se nos dice que "Jehová se fue". Abraham no trató de aferrarse a Dios ni tampoco insistió con su oración. El regresó a su lugar. 
 
Algunos tal vez piensan que Abraham debió haber continuado suplicándole a Dios y que no debió haberse detenido con tan sólo diez justos. Sin embargo, las Escrituras muestran que Abraham conocía a Dios y conocía la llave de la oración. El escuchó al Señor decir: "El clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo ... El clamor ... ha venido hasta mí" (vs. 20-21). 
 
Si no hubiesen ni siquiera diez justos en una ciudad, ¿qué clase de ciudad es ésa? El Señor ama la justicia y aborrece la iniquidad (He. 1:9). El no puede encubrir el pecado y abstenerse de ejercer Su juicio. La destrucción de Sodoma y Gomorra era la terrible consecuencia de su pecado y era la manifestación de la justicia de Dios. Cuando Dios destruyó esas ciudades, no cometió ninguna injusticia en contra de ningún hombre justo; El "rescató al justo Lot, oprimido por la conducta licenciosa de los inicuos" (2 P. 2:7). La oración de Abraham fue concisa y recibió respuesta. No hubo injusticia en Dios. El no hizo morir al justo con el impío (Gn. 18:25). Nosotros lo adoramos y lo alabamos por esto.
<br />
JOSUE INQUIERE EN CUANTO A LA DERROTA EN HAI (JOSUE 7)<br />Cuando los hijos de Israel atacaron la ciudad de Hai: "Huyeron delante de los de Hai. Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua" (Jos. 7:4-5). 
 
Después de un triunfo tan poderoso en Jericó, ¿por qué los hijos de Israel sufrieron una derrota tan aparatosa en Hai? Lo único que Josué podía hacer era postrarse ante Dios, acudir a El, esperar, y preguntarle por la causa de la derrota. Josué estaba afligido por el peligro en que se hallaba Israel, pero se afligía aún más a causa de la deshonra que esto había traído al nombre del Señor; por lo tanto, inquirió: "¿Qué harás tú a tu grande nombre?" Esta fue la llave de su oración. 
 
El honró el nombre de Dios. ¡Su preocupación era qué haría Dios por Su propio nombre! Cuando Josué llegó a este punto, Dios habló. Dijo: "Israel ha pecado ... por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos ... ni estarémás con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros" (vs. 11-12). 
 
A Dios le importaba Su propio nombre, y no podía tolerar el pecado entre Su pueblo. El escuchó la oración de Josué y lo instruyó a que descubriera el pecado que había causado el problema y le pusiera fin. Después de que Josué esclareció la causa de la derrota de Israel, se levantó muy temprano para dar por terminado el asunto y descubrió que el pecado era la codicia de Acán. Cuando Israel eliminó ese pecado, la derrota se convirtió en victoria. Tolerar y esconder nuestro pecado es hacer que el nombre de Dios sea blasfemado y es darle a Satanás ocasión para atacar al pueblo de Dios.<br />   <br /> <br />Josué no se limitó a orar con celo y sin discernimiento, y tampoco le pidió a Dios que salvara a Su pueblo y le diera la victoria una vez más. La deshonra que esto trajo al nombre de Dios le causó gran dolor, y su súplica le recordó a Dios que solucionara este asunto por causa de Su propio nombre. Su oración fue al grano y produjo una respuesta de parte de Dios. Josué primero tuvo que encontrar la razón del fracaso. El tuvo que descubrir el pecado y ponerle fin para que se le diese gloria a Jehová, el Dios de Israel.
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                <pubDate>Wed, 16 Nov 2011 11:29:03 -0200</pubDate>
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