Sermones Cristianos Para Niños Adventistas

“La luz del conocimiento de la gloria de Dios”, se ve “en el rostro de Jesucristo”. Desde los días de la eternidad, el
Señor Jesucristo era uno con el Padre; era “la imagen de Dios”, la imagen de su grandeza y majestad, “el resplandor
de su gloria”. Vino a nuestro mundo para manifestar esta gloria. Vino a esta tierra obscurecida por el pecado para
revelar la luz del amor de Dios, para ser “Dios con nosotros”. Por lo tanto, fue profetizado de El: “Y será llamado su
nombre Emanuel”.
Al venir a morar con nosotros, Jesús iba a revelar a Dios tanto a los hombres como a los ángeles. El era la Palabra de
Dios: el pensamiento de Dios hecho audible. En su oración por sus discípulos, dice: “Yo les he manifestado tu
nombre” -“misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad”-, “para que el amor con que
me has amado, esté en ellos, y yo en ellos”.
Pero no sólo para sus hijos nacidos en la tierra fue dada esta revelación. Nuestro pequeño mundo es un libro de texto
para el universo. El maravilloso y misericordioso propósito de Dios, el misterio del amor redentor, es el tema en el
cual “desean mirar los ángeles”, y será su estudio a través de los siglos sin fin. Tanto los redimidos como los seres
que nunca cayeron hallarán en la cruz de Cristo su ciencia y su canción. Se verá que la gloria que resplandece en el
rostro de Jesús es la gloria del amor abnegado. A la luz del Calvario, se verá que la ley del renunciamiento por amor
es la ley de la vida para la tierra y el cielo; que el amor que “no busca lo suyo” tiene su fuente en el corazón de Dios;
y que en el Manso y Humilde se manifiesta el carácter de Aquel que mora en la luz inaccesible al hombre. . .
Contemplamos a Dios en Jesús. Mirando a Jesús, vemos que la gloria de nuestro Dios consiste en dar. “Nada hago
por mí mismo”, dijo Cristo; “me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre”. “No busco mi gloria”, sino la
gloria del que me envió (S. Juan 8: 28; 6: 57; 8: 50; 7: 18). En estas palabras se presenta el gran principio que es la
ley de la vida para el universo. Cristo recibió, todas las cosas de Dios, pero las recibió para darlas. Así también en
los atrios celestiales, en su ministerio en favor de todos los seres creados, por medio del Hijo amado fluye a todos la
vida del Padre; por medio del Hijo vuelve, en alabanza y gozoso servicio, como una marea de amor, a la gran Fuente
de todo. Y así, por medio de Cristo, se completa el circuito de beneficencia, que representa el carácter del gran
Dador, la ley de la vida. -El Deseado de todas las gentes, págs. 11-13. 8

Historias de la Biblia para ninos 6 horas

Calificacion: / 5